El GCHQ protesta demasiado. Los británicos temen perder el control de Estados Unidos

18 de marzo de 2017

18 de marzo de 2017 — El vocero de la Casa Blanca, Sean Spicer, se refirió en su rueda de prensa del 16 de marzo a la afirmación del juez Andrew Napolitano, de que Barack Obama utilizó al GCHQ (siglas en inglés de la agencia de espionaje electrónico británica, Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno) para espiar al Presidente Trump, lo cual ha provocado una respuesta frenética, no solo del propio GCHQ, sino de todo un conjunto de medios y figuras políticas británicas, y sus simpatizantes en Estados Unidos, desesperados por tratar de probar que la “Relación Especial” está intacta y que se puede controlar a Trump.

En una declaración sumamente inusual, el vocero del GCHQ declaró que las imputaciones contra el GCHQ “son totalmente ridículas y no se les debe hacer caso… Las imputaciones recientes hechas por el comentarista juez Andrew Napolitano de que se le solicitó al GCHQ que realizara una ‘intervención telefónica’ contra el entonces Presidente electo son absurdas”, alegó el vocero. Pero como lo ha documentado el ex analista de la Agencia Nacional de Seguridad de EU (NSA, en sus siglas en inglés) Edward Snowden, entre otros, las agencias de inteligencia de los países de los “Cinco ojos” (Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Canadá y Nueva Zelanda), espían rutinariamente unos a otros y a otros gobiernos (Angel Merkel de Alemania lo sabe muy bien) así que la indignación del GCHQ solo se puede considerar, cuando mucho, insincera.

El viernes 17, la prensa británica y sus aliados en Estados Unidos cerraron filas para atacar a Spicer, preocupados por el futuro de las relaciones entre Estados Unidos y el Reino Unido. “Es un mal día para las relaciones transatlánticas”, declaró solemne la BBC de Londres, “cuando la agencia de espionaje más grande y mejor financiada de Gran Bretaña tiene que salir a negar una imputación hecho por su aliado más cercano”. Por lo normal, las agencias de inteligencia británicas no hacen declaraciones públicas. “Pero las imputaciones hechas por el señor Spicer fueron vistas tan dañinas potencialmente —además de ser falsas— que se decidió hacer una excepción”, informó defensivamente la BBC, la red informativa del gobierno británico.

¿Dañinas? Si. Y a pesar de la insistencia de los medios británicos de que la Casa Blanca había emitido una “disculpa formal” (el vocero de la primera ministra británica Theresa May, informó que su gobierno recibió “garantías” de que esto no volvería a suceder) no hay ninguna confirmación de que tales disculpas formales se hayan hecho. Por lo contrario, el asesor de seguridad nacional de May, sir Mark Lyall Grant, llamó a su homólogo estadounidense, el general H.R. McMaster, y el embajador británico en Washington, sir Kim Darroch, llamó a Sean Spicer, para expresar sus inquietudes, pero según un funcionario de la Casa Blanca a quien cita el diario londinense The Telegraph, “el señor Spicer y el general McMaster explicaron que [Spicer] simplemente señaló informes públicos y no suscribió ninguno en específico”. La CNN informó que McMaster le aseguró a sir Lyall Grant que sus inquietudes serían transmitidas a la Casa Blanca.

Las declaraciones del ex secretario del exterior británico, sir Malcolm Rifkind, reflejan a la clara la histeria británica. “No se trata solo del GCHQ”, le dijo al programa World at One de la BBC Radio 4. “La inferencia es que el gobierno británico, ya sea directa o indirectamente, estuvieron involucrados”. No es suficiente, dijo, prometer que no se repetirá la imputación. “Para empezar, eso no es lo mismo que decir que fue un disparate”.