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Por el miedo al avance de Asia, los británicos quieren hacer estallar el Medio Oriente

15 de may de 2018
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Manifestantes palestinos en la barrera entre Gaza e Israel, el 11 de mayo de 2018. (fuente: Vocero de las Fuerzas de Defensa Israelí)

15 de mayo de 2018 — El gobierno de Israel de Benjamin Netanyahu llevó a cabo una masacre imperdonable de palestinos en Gaza en los últimos días, y con esto, se ha elevado el peligro de otra guerra en el Medio Oriente, esta vez de manera generalizada, la cual está ya cerca. No se debe subestimar el peligro que esto plantea, ni el desastre que podría resultar para la reconstrucción económica y el potencial de progreso que está a la mano en el Medio Oriente y en África con la Iniciativa de la Franja y la Ruta que se extiende por Eurasia.

Netanyahu no es el instigador principal en esta escalada, ni siquiera en su descarada agresión contra Siria y sus amenazas de guerra contra Irán y contra Líbano. Ni el Presidente Donald Trump, cuyo apresurado error con relación a Jerusalén lo cometió en medio de la pelea por su vida política contra la campaña de enjuiciamiento tanto político como penal.

El principal instigador de la guerra ha sido la inteligencia británica y la casta dominante en el gobierno británico, quienes buscan una confrontación bélica de Rusia con Trump, mientras que al mismo tiempo instigan e intensifican el golpe de Estado contra él.

Tan solo este lunes 14, de nuevo el jefe de la inteligencia británica MI5, Andrew Parker, pontificó ante un grupo de funcionarios de inteligencia de la Unión Europea sobre la necesidad de combatir a Rusia en todas las formas. Desde marzo de este año en particular, el gobierno británico ha estado creando pretextos fraudulentos contra Rusia en busca de una confrontación; el caso de los Skripal, el teatro del ataque con “armas químicas” en Duma, Siria, etc. Y las piezas británicas en Israel y en Arabia Saudita han escenificado sus propios fraudes en contra de Irán y han atacado a Siria mientras que llevan a cabo una guerra de genocidio étnico contra Yemen.

Los geopolíticos británicos están tan aterrorizados con la perspectiva de una colaboración en la Nueva Ruta de la Seda entre China, Rusia, India, y Estados Unidos con Trump, junto con Japón y Corea del Sur, entre otros más, que deliberadamente están fomentando guerras en contra de ello.

En lo inmediato, la amenaza de guerra general en el Medio Oriente solo se puede revertir sobre la base de que el Presidente Trump y el Presidente Putin se reúnan y colaboren para ese fin, como ambos han manifestado querer hacerlo. Estos dos Presidentes pueden detener la escalada. Pero el peligro se puede eliminar realmente solo mediante un plan integral de desarrollo económico desde Afganistán hasta el Mediterráneo, y desde el Cáucaso hasta el Golfo Pérsico, con la creación de nueva infraestructura decisiva y utilizando los métodos de China para combatir la pobreza seriamente.

Esto es posible mediante el nuevo paradigma de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, si las cuatro potencias clave ya señaladas pueden cooperar en esto, con la ayuda de esas otras naciones de Asia. Precisamente este grado de avance fundamental, aparentemente imposible, se ha mostrado posible con el avance hacia la paz y la reconstrucción de la península coreana. Ello ha sido resultado de la voluntad de cooperar del Presidente Trump, del Presidente Xi Jinping de China, del Presidente Putin, del Presidente Moon de Corea del Sur, y del primer ministro japonés Shinzo Abe. Esa posibilidad, y la contribución decisiva de India, se tienen que mantener igualmente para el Sur de Asia, el Medio Oriente y el Norte de África.

Para Estados Unidos, se necesita más todavía. El ataque británico contra la Presidencia es una guerra contra la cooperación con Rusia y China; pero también un ataque contra el liderazgo como tal. Y hace más de medio siglo desde que en Estados Unidos no ha habido un liderazgo presidencial que desafíe aunque sea parcialmente la geopolítica británica; y a ese liderazgo lo asesinaron. En esa mitad de siglo, los estadounidenses han dejado que cada vez más Wall Street se apodere de los Presidentes y controle el Congreso; han perdido la noción de empleo productivo y se han vuelto culturalmente pesimistas.

Decir que “me gusta este líder, o ese otro”, o “no me gusta todo ese caos y pleitos internos”, no resolverá nada. Los ciudadanos estadounidenses se tienen que convertir en líderes y en pensadores independientes ellos mismos, como solían alardear. Para quitarle a Wall Street la economía y el gobierno, que es el propósito para el cual el movimiento de LaRouche está aportando las herramientas.