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Declaración de la presidente del Instituto Schiller Internacional: China merece un reconocimiento por su lucha contra el coronavirus

8 de febrero de 2020
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Por Helga Zepp-LaRouche

7 de febrero de 2020 —El nombre del semanario alemán Der Spiegel significa en realidad en español, “El espejo". Y en efecto, lo que ven esta semana en la portada de la versión impresa de Der Spiegel, una persona con una máscara de gas, visores, audífonos y un poncho rojo, es una imagen en espejo de la horrible cara del racismo de los directores de esa revista. El titular "El coronavirus hecho en China", debería decir en realidad "La cara horrible del monstruo racista de Spiegel".

Esta basura de periodismo amarillista fue tan terrible que la embajada de China en Alemania publicó una queja formal en su sitio electrónico. El notorio diario Jyllands-Posten de Dinamarca, publicó también una caricatura repugnante que coloca un coronavirus sobre la bandera china. Varios medios de comunicación dominantes estadounidenses utilizan el abominable término racista de "el peligro amarillo". Lo que demuestran todas estas representaciones es la horrenda realidad de un racismo que está obviamente profundamente arraigado bajo un barniz muy delgado de "valores occidentales".

La realidad de las cosas es que, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha elogiado a China en varias ocasiones por el modo excelente en que han manejado la epidemia, ya ha señalado que China estableció un nuevo estándar respecto a cómo hacer frente a tales problemas. Que el gobierno chino haya publicado un mapa completo del genoma de las nuevas variantes en pocos días de su inicio, facilitó que los científicos de otros países comenzaran a trabajar para conseguir posibles vacunas, pero además eso se debe a que China ha logrado grandes avances en las ciencias biológicas en los últimos 15 a 20 años. Otros funcionarios de salud declararon que la respuesta del gobierno regional de Wuhan y la diseminación de la información fue "de lo más avanzado”, y que se ha publicado una cantidad extremadamente impresionante de información nueva en sus actualizaciones diarias desde el 31 de diciembre y el 1ro de enero.

Llamar “chino” a cualquier virus es tan necio como decir que es culpa de alguien si se contagia de la gripe o se enferma en general. Eso puede suceder en cualquier parte del mundo y puede sucederle a cualquier persona en el planeta. Lo que podemos aprender de este caso reciente, de la reacción al brote del coronavirus, es que muestra quién en la comunidad internacional es capaz de responder a los peligros que amenazan a toda la humanidad, y quiénes son unos trogloditas y quiénes no.

Si Europa y Estados Unidos quieren que les crean cuando hablan de "derechos humanos" y de "valores occidentales", deberían unir esfuerzos con China y cooperar en la batalla para derrotar al coronavirus. El coronavirus, y el hecho de que cada año mueren 100,000 personas a consecuencia de complicaciones por la influenza, muestra qué tan urgente es que se hagan avances revolucionarios en el entendimiento fundamental de los procesos vivos para superar la enfermedades que hasta ahora amenazan la vida. Además, Europa y Estados Unidos deben cooperar con la visión más orientada hacia el futuro que existe en la arena internacional, a saber, la extensión de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR) hacia el Sudoeste de Asia y África, y la cooperación internacional en la Ruta de la Seda Espacial.

Con toda seguridad debemos reflexionar sobre la actualidad del razonamiento de Gottfried Leibniz que decía: “En cualquier caso, parece que la situación de nuestra condición actual, a la luz de la cada vez mayor decadencia moral, es tal que casi parece necesario que nos envíen misioneros chinos, que pudieran enseñarnos la aplicación y la práctica de la teología natural... Yo considero por lo tanto que, si fuese electo un hombre sabio, no para juzgar sobre la belleza de una diosa, sino sobre la excelencia de los pueblos, él le daría la manzana de oro a los chinos".

Yo creo que Leibniz era mucho más sabio que, digamos, el Der Spiegel, el Jyllands-Posten y el New York Times.