LPACTV: King-Crane vs. Sykes-Picot; La paz americana

enero 9, 2009

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El siguiente es el texto de los subtitulos:

King-Crane vs. Sykes-Picot: La paz americana

La paz no es sólo una alternativa sobre la mesa a servirse como un plato o un premio; es lo que se necesita en este momento para defender a la civilización entera del estallido a la vista de este imperio muerto. La violenta conflagración de lo que alguna vez fue el Imperio Otomano es un plan largo, calculado y paciente en defensa del Imperio Británico. Como hemos documentado en LPAC con los largometrajes Cortafuego y 1932, una amenaza clave a la existencia del imperio más reciente es la construcción pacífica de un ferrocarril de Berlín a Bagdad, que le quebraría la columna al dominio geopolítico mediante el poder marítimo, al conectar el océano Atlántico con el Índico, y así hasta el Pacífico, con el potencial de conectar por tierra a Europa con África.

Un vistazo rápido al mapa te mostrará el significado estratégico de Israel y Gaza, si es que hemos de sacar a África del infierno de una era oscura en que la hemos metido, así como al resto del mundo también.

A nosotros en Estados Unidos, cuando seguimos nuestra tradición constitucional, se nos reconoce como un instrumento de paz y desarrollo. En el verano de 1919, Henry King y Charles Crane dirigieron una comisión sobre el antiguo Imperio Otomano para ver cuánto demoraría empezar a asegurar una paz duradera. En su informe de la sección estadounidense de la Comisión Interaliada en Turquía (de la cual solo nosotros los estadounidenses presentamos un informe), documentaron su hallazgo de una bien meditada petición para la reconstrucción política de toda la región, y de un poderoso deseo de ver una mano estadounidense en llevar a cabo esa reconstrucción. De haber seguido las recomendaciones de ese informe, el imperio llevaría ya mucho tiempo muerto.

Lo otro que encontraron fueron pruebas del acuerdo Sykes-Picot entre Gran Bretaña y Francia. Y, en el informe, trazan los efectos de esto y de otros acuerdos secretos para la colonización de toda la región. Resumen ejecutivo de EIR ha documentado los pormenores del acuerdo Sykes-Picot, y algunas de las maquinaciones de cómo el imperio ha venido operando en la región desde entonces se abordarán a más cabalidad en el próximo número de esta revista.

Entonces, la enérgica solicitud de que los estadounidenses participaran en estos asuntos extranjeros y los métodos obvios de Gran Bretaña llamaron la atención de las Fuerzas Armadas de EU. Poco después de emitirse el informe, el Ejército comenzó a idear lo que se llamaría el “Plan de Guerra Rojo”, para nuestra defensa en una guerra declarada contra la propia Gran Bretaña.

En un discurso de septiembre de 1919 sobre esta amenaza potencial, el capitán de corbeta Holloway H. Frost, de nuestra Armada, dijo lo siguiente:

Es evidente que ninguna nación que base su prosperidad en el comercio puede existir con una balanza comercial adversa de 4 mil millones [de dólares] anualmente, una cifra que los británicos estiman aumentará en el futuro próximo, en vez de disminuir. Estados unidos es la causa de esta balanza comercial adversa. Si sucede que podemos competir con éxito con Inglaterra en los mares, esta balanza adversa se mantendrá. Una nación condenada a la derrota comercial por lo general exigirá una decisión militar antes de que ésta se complete. Por tanto, siempre hay la posibilidad de que los británicos, por muy amistosos que quieran ser, se vean obligados a entrar en guerra para mantener su supremacía comercial en los mares, que es esencial para la existencia del Imperio Británico”.

Esto desató una investigación y planificación activas de lo que se necesitaría para abatir a los británicos en una guerra, que continuó y se refinó hasta 1936, cuando se la declaró obsoleta.

Por supuesto, muchos de los blancos proyectados de una invasión británica, tales como la producción de acero en Pittsburg, se han destruido de motu proprio desde entonces por tragarnos las políticas económicas del libre cambio británico. Los británicos nunca se rindieron.

Incapaces de derrotarnos en lo militar, en especial después del renacimiento del Sistema Americano de economía política de Roosevelt, renacimiento que pretendió propagar durante la posguerra, los británicos nos han inducido a destruirnos nosotros mismos, arrastrándonos a guerras imposibles, como la de Vietnam, la de Iraq, e induciendo en nuestra cultura la inmoralidad necesaria para librar semejantes guerras. Este tipo de inducción cultural la describió LaRouche en su declaración del 30 de diciembre, “La única ‘amenaza’ a Israel es un brote de paz”. Los de línea dura prosperan con un enemigo al cual ponerle mano dura. ¿Qué sucedería si ese enemigo fuese neutralizado con una paz duradera y sostenible? Por lo menos los de línea dura tendrían que cerrar el pico de una vez por todas.

Este tipo de paz, que podría alcanzarse de manera relativamente inmediata —todo está a punto, si los estadounidenses lo procuramos—, crearía las condiciones en las que muchos grupos políticos, condicionados por la mentalidad Sykes-Picot, ya no tendrían razón de ser. Por casi un siglo, la geopolítica del Oriente Medio dominada por los británicos ha determinado la identidad misma de muchos grupos políticos en todo el mundo. Podemos ver un ejemplo de este tipo de guerra cultural irregular aquí en EU: con el Gobierno de Truman, marchando de la mano con Churchill de Gran Bretaña, se alimentó el “peligro rojo”, fomentando una hostilidad contra la misma URSS que brindó un apoyo decisivo para derrotar a Hitler.

Justo después del derrumbe de aquella Unión Soviética, comenzando con el bombazo en las Torres Gemelas en 1993, la opinión pública vería un nuevo enemigo para mantener este juego imperial andando: el “terrorismo islámico”. Y con un Gobierno de Cheney y Bush dominado por Gran Bretaña, esta imagen del enemigo se ha usado de un modo de verdad imperial.

¿Quién sufriría más con una paz larga y duradera? ¿Hasta dónde llegarían estas facciones, estos peleles del imperio, para proteger su “gran juego”? Apártate por un momento de la atrocidad que se comete ahora en Gaza. Mira la crisis que se desenvuelve en África bajo la conducción británica; ve su mano en lo de Bombay. Las dieciséis palabras que le dieron luz verde a la guerra de Cheney salieron de la infame calle Downing. El narcoterrorismo que acelera ahora en México es la política de George Soros, un conocido agente del Ministerio de Relaciones Exteriores británico.

México ha sido una consideración estratégica desde lo del “Plan de Guerra Rojo”. Nuestros planificadores militares sabían entonces que para destruir la República estadounidense tienes que desestabilizar su frontera sur. Y hoy, menos de un siglo después, eso es precisamente lo que está pasando.

El imperio ha sido paciente, pero pasó su hora. ¡Este sistema imperial de política económica está muerto! Y su último recurso es causar el caos para impedir que surja alguna alternativa.

En chino, la palabra para “crisis” también significa oportunidad, y en este momento la oportunidad es inmensa. La solución a esta crisis existencial de toda la civilización implica la paz próspera y duradera que está en la médula de la tradición estadounidense, y significa el fin del imperio. Como dijo Lyndon LaRouche hace poco: podemos embarcarnos en esta noble misión la misma tarde en que se juramente al presidente Obama.