La dinámica de esta crisis: La mano que causó la tragedia

2 de enero de 2008

The Dynamics of This Crisis: The Hand Behind Tragedy

por Lyndon H. LaRouche

29 de diciembre de 2007.


Sobre el asesinato de la ex primera ministra pakistaní Benazir Bhutto, acaecida el 27 de diciembre, lo menos que la víctima de un asesinato merece es que se nombre con exactitud al asesino. Eso es lo que mis colaboradores y yo hemos denominado el “principio de Íbico” de Federico Schiller.

En el pasado me he preocupado de manera directa, y de un modo relativamente significativo, porque se le haga justicia a cuatro miembros de la familia de Benazir Bhutto: su padre, su madre y sus dos hermanos. Ahora ninguno de los cinco está aquí, como si la intención fuera borrar de la faz de la tierra su recuerdo.

Así, el de la familia Bhutto se cuenta entre los legados con los que se me agració en la secuela de la conferencia de las naciones no alineadas que se celebró en Colombo, Sri Lanka, una causa a la que sigo vinculado, desde el momento en que se llevaron a cabo los preparativos para esa conferencia, hasta la fecha. A este mismo respecto, la primera ministra Indira Gandhi se convirtió en una persona con cuya causa tuve el mayor apego, al igual que mi finado amigo y colaborador, el ministro de Relaciones Exteriores guyanés Fred Wills, quien fue la única voz oficial que se expresó a favor de la resolución que adoptó la conferencia de Colombo.

Aunque no era personalmente cercano a la ministra Benazir Bhutto, ni en lo político, un clamor de justicia une a todos los que han caído o que caerán víctimas en la pasión de una causa común, en especial la de una histórica. Me preocupa en particular, por el bien de todos nosotros, que la mano del mal no triunfe por la necedad de esos perennes buscaculpables empedernidos que procuran un chivo expiatorio.


Del modo que los representantes cuerdos e inteligentes de la Grecia antigua entendían la Iliada y la Odisea de Homero, el principio del mal, que de otro modo se identifica en la vida real como típico de la secta délfica de Apolo y Dionisio, lo representan las formas que personifica el Olimpo de Zeus del Prometeo encadenado de Esquilo. Una mano aparentemente invisible, más allá del alcance del hombre mortal, parece ser una fuerza misteriosa que incita a aquellos mortales, tales como muchos de nuestros propios ciudadanos estadounidenses, a atormentarse e incluso destruirse ellos mismos, y hasta a su sociedad, con actos contrarios a cualquier sano juicio de humanos mortales considerados. Lee la Iliada; ¡todo esto está allí! O lee las cábulas de Harry Potter; el mismo mal también reina ahí.

Así que una mano mística, como la de la propia facción de Zeus entre los dioses olímpicos de la Iliada, parece atenazar la voluntad predominante de la opinión popular que impera hoy en Estados Unidos de América, en Europa Occidental y Central, y en otras partes. La ruina económica que la opinión popular ahora reinante propaga en esos lugares, ha incitado a dicha opinión de las últimas décadas a destruir a la civilización de la que depende la existencia misma de esas naciones.

En pocas palabras, entre los nombres comunes de Satanás en griego están, en lo principal, Zeus, Apolo y Dionisio.

Todo aquel drama que Esquilo, Shakespeare y Schiller llamaron con validez tragedia clásica en el escenario, refleja el reconocimiento de este mismo principio.

Lo que acabo de resumir así, por desgracia rara vez lo entiende hasta la gente más influyente y mejor educada hoy. Digo, “¡rara vez!” Están aquellos, algunos buenos, otros muy malos, que con mayor o menor presteza entenderán y concordarán con lo que acabo de plantear en los párrafos anteriores. Encontraremos que quienes entienden esto, y sólo personas así, personas que representan los casos muy raros de individuos que conocen excepcionalmente bien los principios del bien, o los de una clase relativamente más nutrida, pero en esencia perversa, son los que al presente pueden entender la naturaleza del agente internacional, el acervo de las “obras geopolíticas”, con centro en Londres, responsable del asesinato calculado y arreglado de antemano de la ex primera ministra Benazir Bhutto.

Dicho esto, explicaré las cuestiones a considerar.

El buen Prometeo

La distinción esencial entre el ser humano individual y las bestias, es que la mente humana posee una cualidad que la define, que se desconoce en cualquier especie de bestia. En el ejercicio de la ciencia física, ésta es la cualidad que distingue a la noosfera (la humanidad) de la biosfera (las formas inferiores de vida). Esta cualidad la expresa de manera típica el principio central subyacente del conocimiento físico científico, un principio que el reconocimiento de Nicolás de Cusa de ese error científico fatal que cometió Arquímedes, con su argumento errado de que el principio del círculo podía ubicarse en el método de la cuadratura euclidiana, definió para la ciencia moderna. Fue a partir de ese hito de Cusa, que sus seguidores, tales como Leonardo da Vinci, Johannes Kepler, Fermat, Godofredo Leibniz y Bernhard Riemann, identificaron el principio subyacente de cualquier noción competente de ciencia física.

La misma facultad humana sólo cobra expresión de una forma perfeccionada en los métodos de la poesía, la música y el teatro clásicos que la cultura europea asocia con la obra de gente como Shakespeare, Bach, Schiller, Mozart, Beethoven, Keats y Shelley. Estos elementos fundamentales del comportamiento humano civilizado los he identificado y explicado por escrito en diversas oportunidades.

Baste aquí levantar un dedo acusador contra el mal del personaje del Zeus olímpico del Prometeo encadenado de Esquilo. Los maltusianos modernos, y las víctimas y otros seguidores del inmoralmente pervertido y embustero ex vicepresidente estadounidense Al Gore hoy, encarnaron el mismo principio.

Esta distinción elemental entre el hombre y la bestia, así como las personas bestializadas, es la clave para entender cuál es la raíz de la diferencia entre el bien y el mal. Por ejemplo, el amor a los seres humanos, que el cardenal Mazarino invocó en pro del gran principio de la Paz de Westfalia de 1648, está arraigado en la pasión que evoca, cual debe, el reconocimiento de que la persona de al lado tiene esa “chispa” de humanidad única específica del fomento correspondiente del desarrollo del ser humano individual, un potencial del que las bestias carecen. Ésta es la “chispa” que se reconoce como una manifestación de esa alma humana que distingue al hombre de la bestia; es la “chispa” que genera el progreso en la ciencia física en tanto economía física, y que produce lo que ha de reconocerse como belleza en las formas clásicas de expresión artística.

Es ésta cualidad la que distingue a la gente decente de degenerados tales como los maltusianos y las víctimas actuales del ex vicepresidente estadounidense Al Gore. La expresión del mal es la supresión de lo que debemos reconocer como el progreso tanto científico como tecnológico en la economía física, y como la belleza en las modalidades clásicas del arte.

En los aspectos conocidos de la historia y la prehistoria de las sociedades, las formas del mal comparables al dogma del Zeus olímpico de Esquilo y a las modalidades apolo-dionisíacas de los nietzscheanos y otros existencialistas (tales como Brecht, Theodor Adorno, Hannah Arendt, etc.), se manifiestan más que nada como la degradación de grandes segmentos de la población de una sociedad, prácticamente como el “ganado humano” al que el Zeus olímpico asigna a la gente, como lo hacen hoy los maltusianos y los seguidores de Al Gore.

Ésta idea de sociedad, que a menudo la historia refiere como “el modelo oligárquico” del “amo versus el esclavo” o algo parecido, es la manifestación social ordinaria del principio del mal en la práctica.

“Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién,
Entonces, era caballero?”

Si te sometes a las doctrinas de Malthus o del compinche del Príncipe de Gales, Al Gore, o eres un esclavista o un esclavo.

La fuerza de la tragedia

La pugna entre el bien y el mal, que acabo de ilustrar en resumidas cuentas, es la base para reconocer el principio de la tragedia.

La naturaleza humana demanda una forma de sociedad en la que el fomento de la cualidad específicamente humana del individuo sea su propósito constitucional. Así es, por ejemplo, como Godofredo Leibniz usa el término “la búsqueda de la felicidad”, como esa censura a lo fundamentalmente inhumano del liberalismo filosófico inglés de John Locke, que Benjamín Franklin y compañía plantearon como el principio central del Derecho natural en la Declaración de Independencia de EU, el mismo principio que el precepto fundamental del Derecho constitucional expresa como el preámbulo de la Constitución federal estadounidense.

La dificultad estriba en que a la sociedad, hasta donde la conocemos, la dominó el mismo principio oligárquico que el de los imperios asiáticos de la antigüedad y de su expresión europea, del modo que la representan los sistemas romano, bizantino y normando-veneciano medieval, y el liberal angloholandés moderno, y ese uso que hizo el sistema liberal (por ejemplo, el lockeano) de un modelo de vasallaje esclavo o de la servidumbre europea previa.

La intención del presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt de cancelar el sistema del Imperio Británico una vez que Hitler ya no estuviera, la cual contrasta con el apoyo que el presidente Harry Truman le dio a los británicos a este respecto, es típica del principio de la tragedia.

Ese cambio se hubiera dado de haber vivido Roosevelt para terminar su cuarto período de gobierno. De manera que, según el relato de mi amigo como testigo, el general William Donovan, jefe de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), le dijo cuando salía de la oficina del visiblemente moribundo presidente Franklin Roosevelt:

“¡Se acabó!” Sin el presidente Franklin Roosevelt, no había nadie capaz que tuviera su talla presidencial, ni siquiera entre sus colaboradores leales.

Desde ese momento, incluso desde unos meses antes, una vez que se penetró en Normandía, las mismas redes británicas y otras que en un principio pusieron a Mussolini y a Hitler en el poder, y que se habían retractado sólo por la presión estadounidense de Franklin Roosevelt, decidieron, del modo que el fascista descarado de Félix Rohatyn ha expresado esta postura: “¡No habrá otro Roosevelt!” Como paniaguado de Churchill, el mariscal de campo Bernard Montgomery ya había debilitado al Primer Ejército aliado en una aventura increíblemente incompetente; Churchill y compañía habían decidido que “no debía derrotarse a Hitler demasiado pronto”. Desde mediados y fines de 1944 en adelante, los elementos de marras del Imperio Británico y sus cómplices estadounidenses se han dedicado a erradicar la institución del Estado nacional soberano, por motivos que para cualquier fin práctico coinciden con la doctrina del Zeus olímpico.

El plan, bajo la dirección de fuerzas financieras liberales angloholandesas, es que las tendencias en la definición de la cultura internacional han de ser hacia una destrucción del progreso económico impulsado por la ciencia y que, junto con eso, debe darse una reducción radical neomaltusiana estilo Al Gore de la población mundial, mediante hambrunas inducidas y enfermedades como las que Gore fomenta. El objetivo es reducir la población mundial, de más de seis mil millones de personas, a menos de mil, tan pronto como se pueda.

Ésta es la fuerza de la tragedia, una peor que la de Hitler y a escala planetaria.

Lo vemos en los casos de los pobres mentecatos desvergonzados o sencillamente lo bastante estúpidos como para declararse copartícipes de las directrices genocidas de Al Gore y compañía.

El peligro de guerra

Sin embargo, la victoria de los partidarios de la orientación de Al Gore, como Félix Rohatyn, no está garantizada. El ímpetu cultural en pos de una deseada recuperación económica a través del progreso tecnológico es fuerte entre la población mundial. Por ende, los enemigos de la humanidad han de temer que una reacción como la que produjo la elección del presidente Franklin Roosevelt arruine los planes de los fanáticos liberales angloholandeses hoy, como pasó entre mediados y fines de los 1930.

En este instante, y tan pronto como en algún momento después del 3 de enero de 2008, el hecho de que la crisis de desintegración monetario-financiera mundial está ahora en marcha, de que las actuales políticas liberales angloholandesas son dementes, cundirá entre la población del orbe.

El plan de que Dick Cheney, por manipulaciones de Londres, bombardee a Irán, está en problemas. Cierto segmento de la élite político-financiera liberal está desesperado. Lo que acaba de suceder en las últimas semanas en Pakistán y sus inmediaciones, refleja los actos de una facción del aparato liberal angloholandés que ahora se tira por medidas desesperadas no vistas hasta ahora.

El carácter obvio de este paso desesperado es un impulso por despedazar las instituciones del Estado nacional a todo lo largo de regiones vitales del planeta entero. Los ataques más recientes contra Pakistán, actos que obviamente dirigió algún elemento faccional distintivo de la élite liberal angloholandesa, son la única circunstancia en la que se hubiese aventurado lo que le pasó a Benazir Bhutto en el lugar específico en el que tuvo lugar la operación (Rawalpindi). Los únicos con la capacidad para hacer esto son los agentes británicos desplegados por todos los teatros de operaciones del Sudoeste y el Sur de Asia.