LaRouche: Porqué Jeremiah Wright ¡no es cristiano!: El toque presidencial

2 de abril de 2008

por Lyndon H. LaRouche, Jr.

25 de marzo del 2008

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Sobre la selección de un Presidente de los Estados Unidos

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Cuando prometí mi apoyo a la la candidatura demócrata del senador John Kerry para la elección, en julio-agosto de 2004, también había resuelto excluirme de la lista de candidatos presidenciales, pero retirarme a una posición de mayor rango, más engorrosa pero más apropiada de defensor de la institución constitucional de la Presidencia de los E.U., a nombre de los héroes del pasado y las generaciones aún por venir. Éste no fue un mero sentimiento ni una simple postura. Fue un papel que yo había adoptado totalmente consciente del peligro creciente inmediato contra no sólo nuestra república sino del mundo en general para las generaciones todavía por delante.

Sé lo que significa ser Presidente de nuestros EUA. Sé que nuestra república carga con una misión única para toda la humanidad, en virtud de las cualidades muy especiales de ese legado del cardenal Nicolás de Cusa, primero en comprometer a quienes atendieran su consejo de extenderse, desde una Europa incapaz de cumplir su misión, y cruzar los océanos para construir bastiones para corregir los errores de un sistema político europeo enfermo.

De esta manera sirvo a esta república cuyo establecimiento encabezara en defender Benjamin Franklin, a nombre de las generaciones de la humanidad por venir. El enemigo sigue siendo, principalmente, a pesar de la corrupción de nuestras instituciones, ese Imperio Británico contra cuya corrupción global han peleado nuestros patriotas desde la Paz de París de febrero de 1763 que estableciera a la oligarquía financiera angloholandesa de hecho como un imperio. Desde entonces, todavía hoy, nuestra misión como república que ganara su libertad en el combate contra el mismo viejo imperio, es ún una misión sagrada para toda la humanidad. Ésa es la misión de ser su verdadera identidad, como la conspiración otrora encabezada por Franklin, y que Abraham Lincoln y Franklin Roosevelt después de él, habían defendido. Nuestra función era, y sigue siendo, ser la república del Estado nacional soberano comprometida a transformar este planeta en su conjunto en una comunidad de repúblicas respectivamente soberanas, libres del mal que todavía representa hoy el Imperio Británico, naciones unidas en una fraternidad única de potencias respectivamente soberanas por la bandera única de la Paz de Westfalia de 1648.

Quienes somos suficientemente sensatos, y también lo suficientemente buenos para dirigir, sabemos que el enemigo de nuestra nación no es una nación, no un pueblo, no el color de la piel sino los mismos antiguos "principados y poderes". Ese enemigo, hoy, es ante todo la tiranía financiera liberal angloholandesa de la actualidad que ha regido por tanto tiempo y tan seguido, sometiendo a una parte de la humanidad a campañas de odio contra otros, como de hecho actúa en este momento el Imperio Británico de hecho: un Imperio Británico que juega a su antojo con la prensa y la opinión popular de nuestra nación, de tal modo que no necesitarían un aliado mayor que la insensatez de nuestra propia opinión pública y las corruptas instituciones del gobierno y las finanzas para causar que nuestro propio pueblo destruya su propia nación en provecho de nuestros torturadores.

La cristiandad llega así, a diferencia del mensaje de la congregación de Jeremiah Wright, con un mensaje de amor por la humanidad, no de veneno. Nosotros peleamos, cuando se requiere; pero nuestro objetivo en toda guerra que estemos obligados a librar, es un objetivo modelado en el gran mensaje público final de nuestro presidente Abraham Lincoln sobre la reparación del daño inflingido a nuestra nación por quienes desde su interior habían sido manipulados por el Imperio Británico para imponernos tanto el sistema de esclavitud como la guerra civil.

Políticos baratos son esos que reparten migajas al electorado, como los tres candidatos actuales insignes a la nominación presidencial lo han hecho ahora, quizá porque pareciera que ése era el camino para resultar electos. El estadista competente piensa de manera diferente, como yo, como puse de relieve algo detalladamente en una reunión de mis asociados la mañana del sábado pasado. Hablé lo siguiente:

Sobre el tema de la inmortalidad

La esencia del verdadero arte de gobernar es el reconocimiento de que el ser humano, a diferencia de las bestias, es en esencia inmortal. Como quedó escrito del Moisés que condujera a los israelitas desde Egipto, él no vivió para experimentar el resultado de la misión a la cual llegó a dedicar su vida. La misión de Jesucristo, que él moriría por el futuro de la humanidad, es la misma. Así lo ha sido para casi todo líder significativo de la sociedad, como lo fuera para Juana de Arco, que fue quemada hasta morir por la perversa Inquisición normanda.

Los poderes creativos de la mente individual humana son una cualidad de la existencia totalmente ausentes de toda forma de vida animal. Cierto que todos tenemos un cuerpo animal que cada uno perderá, suficientemente pronto. Es ésa parte de uno que no es el animal, que debiera ser el principal motivo expreso de nuestras pasiones, y el propósito por el cual podamos esperar servir por la manera de nuestra vida.

De todos esos tesoros inmortales que podamos gozar en este respecto, el más precioso es ése que nos encontramos en nuestro apego a las misiones cuyo resultado, en esencia, no viviremos para ver dentro del tiempo de nuestras vida mortal. Nosotros usamos nuestro propio cuerpo con esta meta en mente, como debiera cualquier funcionario que tenga motivos para pensar sobre el envio de hombres y mujeres a sufrir y morir en la guerra: ¿Por qué se está usando así su vida? Pues, no estamos ganando una guerra en Iraq sino, más bien, en realidad estamos perdiendo nuestra república y probablemente mucho más además, por la tontería de continuar dicha guerra como un viaje del ego. Un comandante militar que no esté de acuerdo en ese punto, no es apto moralmente para ser un comandante militar.

La verdadera virtud reside principalmente en la devoción a las metas que nosotros, como actores, no experimentaremos en nuestras vidas.

Por ejemplo. Ya tengo ochenta y cinco años de edad, y voy a cumplir ochenta y seis en otro medio año por venir. En este momento, mi pasión hacia la futura experiencia de nuestra nación y del mundo en general es más intensa, más apasionada que nunca. Lo que más odio entre mis asociados es tanto la evidencia de la ambición barata por la grafiticación personal en el corto plazo como la evación de los compromisos necesarios con metas de más largo plazo, donde su pasión debiera ser una satisfacción para regodearse en los beneficios que nadie de nosotros pueda vivir para contar, pero por los cuales estamos trabajando para que ocurran. Toda persona individual buena de verdad, o grupos de personas, piensa de esa manera; piensan como personas que saben realmente que son inmortales y saben que su futuro reside en el resultado de su devoción al futuro de la humanidad.

Lo más importante de todo es la devoción de inducir a la gente con malas costumbres y quizá peor conducta, a convertirse en mejores personas. Nuestro deber no es el evangelio del odio, que expresa Jeremiah Wright, sino mejorar a los pecadores como misión para que nosotros mismos mejoremos, y nosotros mismos más aun, y más necesariamente, que otros.

Esa es la forma en que piensa un verdadero estadista. Nunca apoyen un candidato presidencial que piense sobre tales asuntos de manera diferente que yo.

En tanto, escojan su candidato con cuidado. ¿No quisieras que esa terrible cosa no haya ocurrido jamás?