Estados Unidos está en guerra contra el Imperio Británico

3 de may de 2008
por John Hoefle

Estados Unidos libra una guerra contra el Imperio Británico, una guerra por su porvenir como nación y por el futuro del planeta. Con la embestida furiosa de la geopolítica liberal angloholandesa, la guerra, la peste, el hambre y la muerte se propagan por el orbe entero. Se desestabiliza a las naciones, se destruye a los pueblos, la civilización misma agoniza. Es deliberado, es genocida, y es la política del Imperio Británico.

Ésta es una guerra de ideas, una pelea por las ideas que decidirán la naturaleza del sistema político que imperará en el planeta a resultas del peor desplome financiero de la historia. Lo que el Imperio Británico ofrece es un mundo maltusiano de escasez de recursos, austeridad y una reducción demográfica apocalíptica, regido por banqueros fascistas y carteles privados. Lo que EU —o sea, el Sistema Americano de economía política— ofrece es un progreso científico y tecnológico que transformará la economía y le traerá prosperidad y libertad a todos. Los británicos nos llevarían de regreso a los modelos fallidos del pasado, los cuales acarrearon miseria para la vasta mayoría de la población mundial, en tanto que una restauración del Sistema Americano elevaría el nivel de vida tanto en EU como a escala internacional, y traería una nueva era de paz, prosperidad y estabilidad.

Semejante optimismo casi parece no tener cabida en el mundo actual, donde al público se le manipula con el miedo para que renuncie a su libertad, las nuevas tecnologías se usan más que nada para el control social y la guerra, y en general a la ciencia se la pinta como un peligro para la humanidad. Muchos nos hemos convertido en conejitos agazapados en nuestras madrigueras, en la esperanza de no llamar la atención de los depredadores. La nación que alguna vez consideró su misión liberar al mundo, se ha puesto a la defensiva, cubriéndose de amenazas imaginarias y autodestruyéndose en un vano intento por salvar la riqueza ficticia de un pequeño segmento de su población al arrojar al resto a los lobos. Se ha convertido —o al menos su clase acomodada— en aquello contra lo que libró una revolución.

ascenso del fascismo

Conforme a la Constitución estadounidense, los ciudadanos gobiernan, sus ideas las comunican a través de los representantes que eligen, en el marco del preámbulo de dicha Constitución; el gobierno está al servicio del pueblo. Todos sabemos que eso ya no es así, que el gobierno cada vez más se considera el amo del pueblo, el pastor que arrea y explota su rebaño. Esta desconexión se ha vuelto cada vez más evidente con el vicepresidente Dick Cheney y el presidente George Bush, quienes han supervisado la edificación desarrollo de la estructura de un Estado policíaco más grande de la historia de EU. A los ciudadanos ahora se les espía de manera rutinaria a través de una red creciente de videocámaras y sistemas de rastreo cibernético; se les somete a ultrajes en los aeropuertos; sus movimientos, compras y preferencias se almacenan en gigantescas bases de datos, a partir de los cuales pueden generarse los expedientes que se quieran. Se nos dice una y otra vez que es por nuestra propia protección, que el que nada debe, nada teme, pero es mentira. Nos llevan por el camino del fascismo, y lo sabemos.

Lejos de ser un fenómeno estadounidense, el fascismo es la política del Imperio Británico y de la oligarquía financiera internacional que lo dirige. Este aparato es el que produjo a Benito Mussolini y Adolfo Hitler como testaferros políticos —del mismo modo que produjo a Al Gore—, como títeres de una dictadura de los banqueros. El fascismo les permite a los financieros privados y a los intereses empresariales dominar una nación corrompiendo a su gobierno y volviéndolo contra su pueblo. Ésa es una descripción apropiada del Imperio Británico, el EU de Buash y Cheney, y de Europa bajo el tratado de Lisboa

El modelo del Estado policíaco moderno es Gran Bretaña, a la que se ha convertido en un sociedad vigilada, con cámaras por todas partes, un rastreo amplio de las actividades personales y un aparato de seguridad que por costumbre pasa por alto los derechos humanos elementales. Eso es lo que se ha, y se viene aplicando en EU y otras naciones. Se nos dice que estos pasos se dan para protegernos de los terroristas que, como el coco, están en todas partes: debajo de la cama, en el clóset, escondidos entre las sombras, sólo al acecho para asestar el golpe. Detrás de la guerra psicológica, el verdadero objetivo de estas medidas es la propia población. La pregunta es: ¿que nos tienen preparado que exige estos poderes extraordinarios?

Cayéndonos a pedazos

La civilización misma se desintegra, cone el derrumbe económico y financiero, la parálisis política, las conflagraciones, la hambruna, las crisis en cada rincón del planeta. El mundo resbala hacia una nueva Era de Tinieblas.

La crisis financiera empeora, conforme las secuelas de la bancarrota del sistema financiero se propagan por las instituciones. Los informes de pérdidas casi billonarias son ahora rutina, pero prácticamente insignificantes, porque las pérdidas verdaderas son órdenes de magnitud más grandes, y las instituciones son ya cadáveres ambulantes a los que parece mantenérseles con vida mediante fraudes contables y de regulación.

A pesar de las inyecciones extraordinarias de liquidez de la Reserva Federal estadounidense, el Banco Central europeo y otros, la crisis bancaria empeora día con día. La caída del banco privado alemán Düsseldorfer Hypobank refleja el contagio de un nuevo estrato de instituciones; no cayó por lo que algo que haya hecho, sino porque los mercados en los que funcionaba están desintegrándose. En EU, las inyecciones descomunales de capital para Wachovia, National City Corp. y Washington Mutual indican un problema parecido. Aunque se manifiesta como pérdidas de instituciones individuales, la crisis es consecuencia de la parálisis del propio sistema financiero. Lo que hemos visto hasta ahora son más que nada las quitas al valor de títulos para los que ya no hay mercado, con pérdidas más grandes por venir conforme las declaraciones de bancarrota y los incumplimientos aumentan. Esto es inevitable, pues el sistema que sostenía a estas instituciones ya no existe.

Los parásitos no se rendirán tan fáciolmente, como muestran su exigencia de que los rescates y su especulación criminal con los alimentos y la energía. La idea de condenar a millones, si no es que a miles de millones a morir de hambre en nombre de la ganancia, muestra la inmoralidad monstruosa de quienes participan en semejantes actividades y la de los gobiernos que las permiten.

El mercado del petróleo tiene una función decisiva en esto. Con los timos petroleros de los 1970, se creó el mercado de entrega inmediata, el cual, a su vez, generó un gran fondo de dólares con centro en el cartel petrolero internacional asentado en Londres. En esencia, a través de este mecanismo, el Gobierno estadounidense perdió el control del dólar, el cual se convirtió en un arma especulativa contra EU. Hoy el precio del petróleo no lo fija la OPEP, sino los mercados financieros, que se llevan una tajada cada vez más grande de lo que el consumidor paga por la gasolina y el diésel. Cabe señalar que a la OPEP la crearon las grandes petroleras, que tomaron como modelo la intervención de la Comisión Ferroviaria de Texas en el establecimiento de cuotas de producción para apoyar el precio del petróleo a principios de los 1900, cuando Texas era el principal productor del mundo. Son las grandes petroleras del cartel con centro en Londres, y no la OPEP, las que controlan el negocio y que, a su vez, son un tentáculo de la oligarquía financiera.

La parálisis política de Washington y otras capitales del mundo también refleja esta desintegración global. El Gobierno de Bush es peor que disfuncional, en tanto que los congresistas demócratas —gracias a la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi— han abdicado a las responsabilidades por las que los eligieron y promueven su propio estilo de fascismo so capa del fraude del calentamiento global de Al Gore. Ambas partes impulsan políticas que destruirán a EU, bajo la guía y para provecho del Imperio Británico.

Obama, con su retórica vacía, es otro reflejo de la decadencia de EU. A Obama lo venden como una celebridad, como una especie de estrella de rock o tal vez como una marca de pasta dental, todo estilo y nada de sustancia. Su estribillo del cambio en realidad distrae la atención de los problemas clave que debe abordar cualquier candidato presidencial serio. La campaña de Obama es una distracción gigantesca diseñada para mantener la realidad fuera de la contienda presidencial.

¿Cui Bono?

Parte de esto pudiera parecer fuera de lugar en lo que ostensiblemente es una artículo de economía, pero no es así. Podríamos dar montones de datos sobre las pérdidas, los comentarios de los expertos financieros y más estadísticas de las que uno podría revisar, pero nada de eso vendría al caso. El asunto en realidad es quién se beneficia. ¿Quién se benefició con la creación de la burbuja financiera más grande de la historia? Y, ¿quién con su desplome? La sencilla respuesta a ambas preguntas es el Imperio Británico, que echó mano de su poder financiero y de sus agentes al seno de EU para convertir la economía de esta nación, de una potencia industrial, en un casino; y ahora aprovecha la caída de ese casino para destruir a EU y al sistema del Estado nacional. Este derrumbe financiero, en combinación con la desastrosa fantasía del imperio estadounidense neoconservador que alentaron Cheney y Bush, y con la orientación fascista de los demócratas de la Pelosi, ha neutralizado la capacidad de EU para tener una influencia positiva en el mundo, lo que le deja todo el campo abierto al Imperio Brutánico y sus secuaces fascistas.

Los británicos gobiernan con lo que Lyndon LaRouche llamó "la tiranía de la estupidez", de subyugar a la gente volviéndola demasiado estúpida para entender cómo la manipulan. Funciona, pero sólo si los dejas. Esta tiranía puede derrotarse fácilmente con el coraje de dejar de lado los temores y pensar. En esta guerra de ideas, nosotros llevamos la de ganar, si nos decidimos. Sólo entonces tendremos una economía de qué hablar.