Luego viene la hiperinflación

12 de enero de 2010

por John Hoefle 8 de enero de 2010 (LPAC).- Siempre sorprender ver que, durante los días festivos, pareciera que la crisis se desvanece y pasa a segundo plano, solo para resurgir con nuevos brios después de que pasan los días feriados. Pero esta vez, la crisis nunca desapareció realmente, a pesar de toda la propaganda para minimizarla.

Durante la temporada no hubo grandes noticias financieras -ningún desastre público como el cierre de un banco importante- y sin embargo, se mantuvo el constante goteo de malas noticias, de nuevas quiebras, embargos hipotecarios, desempleo y demás, en la medida en que continuaba el desplome imparable de la economía. En el frente internacional, ocupó el foro central la amenaza de incumplimiento sobre su deuda soberana de varias naciones, en la medida en que quedaba claro que el desplome era global.

Este flujo constante de malas noticias es lo suficientemente inquietante como para poner al descubierto el fraude del estribillo de una "recuperación" que emana de la maquinaria de propaganda sobre Wall Street de Washington y otros puntos británicos. Si las cosas están tan bien, ¿entonces porque andan ellos tan mal?

La verdad es que no se han resuelto ninguno de los problemas que enfrenta la economía de EU o la economía del mundo. Por el contrario, los diversos timos que se han montado disfrazados de "rescates" no han hecho más que empeorar las cosas. Y el cobro de la factura está por vencerse.

Guardar el agua de la tina

¿Qué es lo que ha ocasionado el desplome de la economía global? El mito, creado por la mafia financiera internacional, es que se ha creado una "astringencia crediticia" causada por el desplome del mercado hipotecario de alto riesgo en Estados unidos. Esto, a su vez, ocasionó un pánico entre los inversionistas que dejaron de comprar, congelando todo el sistema. Para que el sistema arranque de nuevo, los bancos centrales y los gobiernos están inundando a los bancos con liquidez, convirtiéndose en los compradores de último recurso de montañas de desperdicio tóxico que recobrará su valor, nos aseguran, una vez que el pánico ceda.

Escuchando su charlatanería, eso es exactamente lo que supuestamente sucedió. Sus acciones rápidas y decisivas -en realidad heroicas- salvaron el día, regresaron la sanidad al sistema bancario, y hasta lograron ganancias. Ante sus propios ojos, se convirtieron en leyendas.

El problema con esto, es que nada de esto es cierto, excepto sus ilusiones. Las economías no funcionan por el dinero, funcionan por la producción y consumo de bienes físicos, la producción y consumo de alimentos, la transformación de materias primas en productos útiles, y otras actividades útiles. La fortaleza de una economía no reside en sus bancos, sino en su planta física: su infraestructura, su base agroindustrial, y en última instancia en la creatividad de su gente.

La economía de Estados Unidos se basa en estas fortalezas, o en lo que solían ser sus fortalezas. En décadas recientes, hemos abandonado el Sistema Americano de Economía Política en aras de esa trampa extranjera conocida de varias formas como la sociedad postindustrial, la era de la información y la globalización. Hemos clausurado la mayor economía industrial que el mundo haya visto, para convertirnos en una nación obsesionada con hacer dinero. En lo que es una verdadera tragedia, canjeamos nuestras fábricas por casinos; dejamos de producir riqueza para poder enriquecernos.

Para compensar por la riqueza que ya no producíamos, empezamos a acumular deuda en cantidades cada vez mayores. En la medida en que el balance general de nuestros bancos empezó a rebosar con la deuda nueva, se desarrollaron nuevos ardides para re-empaquetar esta deuda en activos que se podían vender así a otros jugadores en este casino creciente. Nacieron los mercados con derivados, apilando una capa tras otra de "activos" ficticios, encima de una deuda creciente.

Mientras la deuda crecía exponencialmente, se contraía la capacidad de la economía de pagarla, en la medida en que continuaba el viraje de la producción industrial a los servicios, la información y las finanzas. Claramente nos dirigíamos al desastre y ese desastre estalló, en el verano del 2007.

La única forma de salir de este caos era borrar la deuda impagable, y lanzar una campaña de emergencia para reconstruir nuestra base productiva. Pero nuestros gloriosos dirigentes hicieron exactamente lo contrario. Se movieron para salvar la deuda, y lo hicieron mediante una combinación de imprimir dinero a una tasa increíble, por un lado, e imponiendo una austeridad aún mayor sobre la clase trabajadora y el sector productivo. Tiraron al niño, pero quieren quedarse con el agua de la tina.

La prisión de los deudores

El tratar de resolver una crisis de deuda adquiriendo enormes cantidades de más deuda a la vez que se saquea nuestra capacidad de pagar cualquier deuda, no es solo irracional, sino una locura de remate. Aunque los diversos protagonistas, desde los banqueros hasta los llamados reguladores, trataron muy duro de pretender que estaban actuando según un frío racionamiento en realidad estaban totalmente fuera de sí, atrapados en las garras de su impulso por salvar su forma de vida a toda costa.

Lejos de ser los expertos fríos que aparentaban ser, hombres que estudiado las acciones a emprender para sacar al mundo del abismo, estos locos bastardos nos han empujado a todos al borde del abismo. Esos hombres están atrapados en una forma de pensar que rechaza la solución que tan desesperadamente necesitan, a favor de una ruta que los lleva inexorablemente a su destrucción. Son prisioneros de sus propias ilusiones, y nos están arrastrando a los demás con ellos.

Todas sus estrategias giran en torno a proteger los valores de sus fichas de casino, y la forma principal en que lo hacen es robándose el dinero de todos nosotros, y entre ellos mismos, cuando pueden salirse con la suya. No importa si las deudas son válidas o fraudulentas. Todo lo que importa es que alguien se las pague.

El nombre del juego en este momento es pasar las pérdidas en manos privadas -bancos, fondos compensatorios, compañías aseguradoras y otros jugadores- a manos del gobierno. Dejemos que el Tío Sam y los contribuyentes se traguen las pérdidas. Este es el sucio secreto del rescate. Se puede ver en la forma en que la Reserva Federal ha creado dinero de la nada, para comprarle papeles financieros inservibles a los principales bancos de Wall Street, aseguradoras como AIG y a algunas de las mayores corporaciones de la nación. Se puede ver en la forma en que el proyecto de ley sobre "cuidados de salud" de Obama se diseñó para apuntalar a las compañías aseguradoras y las compañías farmacéuticas. Pero sobre todo, se puede ver en la forma en que están usando a Fannie Mae, Freddie Mac, Ginnie Mae y la Administración Federal de Vivienda (FHA por siglas en inglés) para convertir las hipotecas en incumplimiento y los valores respaldados por hipotecas en papeles garantizados por el gobierno, que después pueden ellos usar para apuntalar el capital de sus bancos en quiebra. Mientras el gobierno pregona las supuestas "ganancias" que ha hecho con los miles de millones de dólares que le dio a los bancos bajo el programa TARP, está incurriendo en billones de dólares en pérdidas debido a la estafa de deudas hipotecarias.

En vez de sacarnos de la crisis como alegan, estos ardides de "rescate" criminales representan el mayor robo de dinero público de toda la historia, y está destruyendo a nuestra nación.

Hiperinflación

La consecuencia de esta combinación de bombear liquidez al sistema monetario a la vez que se desploma la base productiva, le quitará de una manera dramática la base al valor del dólar. La mayor parte de la población está familiarizada con la inflación, donde la moneda pierde gradualmente su poder de compra; y el gobierno y los bancos con frecuencia usan la inflación para hacerle frente a deudas onerosas, dado que permite pagar las deudas con una moneda más barata.

Este proceso se sale de control en algunas ocasiones, como sucedió en la Alemania de Weimar en 1923, y más recientemente en Zimbabue. Cuando sucede, una inflación ordinaria se convierte en hiperinflación.

Entre más dinero bombea la autoridad monetaria en una economía bajo estas circunstancias, más rápido pierde valor la moneda. En situaciones en donde se crean cantidades enormes de dinero, como es el caso con el proceso de rescate, la moneda puede realmente empezar a perder su valor más rápidamente de lo que se le puede bombear. Esto desata un ciclo vicioso en el que se tiene que bombear dinero a una tasa acelerada para tapar el agujero, ocasionando que la moneda pierda su valor de una manera aún más acelerada.

Esto puede suceder a una velocidad pasmosa. En Alemania, en marzo de 1923 había 5.5 billones de marcos en papel moneda. Para agosto, eran 668 billones de marcos y para diciembre de 1923, 497 millones de billones de marcos en papel moneda pendientes. Las personas estaban usando carretillas para transportar efectivo, o quemándolo para calentarse. Los comerciantes estaban marcando siempre nuevos precios, en la medida en que se desplomaba el valor del marco.

Que no te engañen los tipos de cambio que ponen en los periódicos. Esos tipos de cambio son simplemente proporciones entre los valores de mercado de varias monedas, en un período de desplome económico global, en donde los valores de todas las monedas en la realidad se han desplomado. En un caso así, la apreciación de una moneda con respecto a otra no significa más que algunas monedas se están desplomando más rápidamente que otras. Lo que es crucial, es la realidad, no las estadísticas.

Ya empezó este proceso hiperinflacionario en el sector financiero, y está a punto de despegar en el sector de precios al consumidor. Cuando esto ocurra, nuestra nación y el resto del mundo, se desintegrará.

Una variación de un cuento viejo sería: las buenas noticias es que todos vamos a ser multibillonarios. Las malas noticias es que eso es lo que va a costar una barra de pan, si es que alguien puede encontrar una. Solo causa risa, mientras no suceda.

Este es el escenario que enfrentamos, sin el Plan LaRouche.

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