La solución LaRouche: mantener un Seguro Social fuerte con una economía física fuerte

6 de febrero de 2005

<body><div align="center" class="style31"><tr><th align="left" class="style34" scope="col" valign="top">Envíalo a un amigo</th><th align="right" class="style34" scope="col" valign="top"></th></tr><font face="Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular"><font face="Arial,Helvetica,Geneva,Swiss,SunSans-Regular"><span class="style37"></span></font></font><p align="center" class="style38">LA SOLUCIÓN LAROUCHE:<br />MANTENER UN SEGURO SOCIAL FUERTE CON UNA ECONOMÍA FÍSICA FUERTE</p><tr><th scope="col"><div align="center"><img height="324" src="/files/pictures/1532574070df68b66a52551f3c471f13/original.jpg" width="509" /></div></th></tr><tr><th scope="row"><div align="left" class="style41">En 1992 LaRouche propuso una reorganización por bancarrota de la economía y grandes inversiones en la infraestructura e industria para crear 6 millones de empleos nuevos en los EU. El calcula que el mas amplio programa comparable que se requiere hoy generaría 10 millones de empleos nuevos.</div></th></tr><p align="left" class="style32"> <i>por L. Wolfe y Nancy Spannaus</i> </p><p align="left" class="style32">Cuando el Presidente Franklin D. Roosevelt aprobó la ley del Seguro Social el 14 de agosto de 1935, sólo un relativo puñado de ciudadanos estadounidenses estaba inscrito en fondos de pensión privados. Si no eras rico o no tenías una familia con recursos, ni tu ni tu familia tenían a dónde acudir al encontrarse en aprietos económicos, salvo la caridad. La mayoría de los estadounidenses enfrentaban un futuro lleno de dificultades financieras e incertidumbre, y “una vejez agobiada por la pobreza”, para usar la acertada descripción de Roosevelt.</p><p align="left" class="style32">Hoy, gracias al compromiso de Roosevelt con el principio del bienestar general, uno de cada seis estadounidenses —casi 46 millones de personas— recibe las prestaciones del Seguro Social. El Seguro Social es más que un cheque mensual a la hora de jubilarse. Casi uno de cada tres beneficiarios no es jubilado; esas personas reciben prestaciones por discapacidad, como el seguro para los invidentes. Además, la Administración del Seguro Social aporta fondos a los estados para pagar seguros de desempleo, al tiempo que también administra financiamiento para los programas de salud Medicare y Medicaid.</p><p align="left" class="style32">Desde los 1970, la Administración del Seguro Social ha administrado la Seguridad de Ingreso Suplementario (SIS), el componente federal de lo que por lo general se denomina asistencia social; estos programas aún amparan a más de 6,5 millones de personas, a pesar de los esfuerzos de la ralea de gente que ahora promueve los programas de saqueo y privatización del presidente Bush para reducir o eliminar dichos esfuerzos. Según la Administración del Seguro Social, de los 6,5 millones de beneficiarios del SIS, 31% son ancianos, 56% discapacitados, y 31% niños discapacitados.</p><p align="left" class="style32">Y, no obstante, para la gran mayoría de los estadounidenses el Seguro Social es la única fuente de ingreso en su jubilación.</p><p align="left" class="style32">En el 2002 se gastaron más de 453 mil millones de dólares por concepto de prestaciones del Seguro Social, y casi otros 38 mil millones en prestaciones del SIS. En total esto equivale aproximadamente al 5% del producto interno bruto de los Estados Unidos.</p><p align="left" class="style40">Un fondo para las próximas generaciones</p><div align="left"><div><p>Al idear esta propuesta, Roosevelt y su equipo, encabezado por el secretario del Trabajo Frances Perkins, diseñaron el financiamiento a modo de explicar su concepto del principio del bienestar general que expresa el programa. En vez de retener una porción del salario del empleado para abonar a las prestaciones futuras que recibirá él y nadie más, el impuesto al salario sería puesto en un “fideicomiso” que financiaría todo el programa sin ocasionar erogaciones adicionales del presupuesto general; al aporte del empleado lo acompañaría un aporte igual del empleador. Y lo más importante era que el control de estos fondos estaría en manos del gobierno federal y de nadie más.</p><p>Desde el principio, Roosevelt sabía del peligro de que los intereses financieros privados tratarían de echarle mano a los fondos del Seguro Social. En su discurso al pueblo estadounidense del 17 de enero de 1935, advirtió: “En tercer lugar, debe asegurarse una gestión financiera sólida de los fondos y las reservas, y la protección de la estructura crediticia de la nación, manteniendo el control federal de todos los fondos a través de los fiduciarios del Tesoro de los EU”.</p><p>El impuesto del Seguro Social a la nómina de los empleadores fue muy controversial, y el blanco de ataque de varios grupos financieros y empresariales. Roosevelt respondió que era “justo”, pues el bienestar y la riqueza del empleador los habían creado el trabajo de sus empleados; esos empleadores ahora tenían la obligación de ayudar a proveer la seguridad económica de quienes crearon su riqueza (como verán, el plan de Chile no grava a los empleadores).</p><p>El monto del gravamen había de fijarse lo bastante alto como para asegurar que hubiesra fondos disponibles, no sólo para pagarle a los contribuyentes, sino para cubrir a los estaban a punto de jubilarse pero que no habían hecho ningún aporte debido a que el programa aún no existía, o porque habían inmigrado al país. El monto quedó fijado también de modo que aseguraría que los fondos serían suficientes para pagar las prestaciones actuales y el costo de la administración del programa, al tiempo que generaba un superávit. Así, las generaciones actuales aportaban para la generación de sus padres y de sus abuelos, así como para la de sus hijos, y la de los hijos de sus hijos.</p><p>Además de todas las consecuencias que tiene el programa de saqueo de la privatización de Bush, también destruye este sentido transfinito de responsabilidad por el bienestar general de las generaciones pasadas y futuras, y apela al sentido más limitado y egoísta de la relación de uno con la familia inmediata; para “mí y lo mío”.</p><p>Roosevelt le enseñó a los ciudadanos que su supervivencia y la de la nación estaban unidas y eran una sola; que cada estadounidense era responsable del bienestar de todos los estadounidenses, y que <i>su gobierno tenía el deber sagrado de mediar en esta responsabilidad y confianza compartidas.</i> </p><p> <strong>¡De veras funciona!</strong> </p></div><div><p>A pesar de las afirmaciones en contrario de la gente de Bush, el Seguro Social ha funcionado increíblemente bien. En total ha recaudado más de 4,5 billones de dólares, y a lo largo de los años ha pagado más de 4 billones, lo que significa que debiera contar con un superávit, aun ahora. Esto es aun más asombroso considerando que, en general, el Seguro Social desembolsa mucho más dinero a un beneficiario que lo ese beneficiario y sus empleadores aportan, así como que, desde 1950, abona a los Ajustes al Costo de Vida en base a cálculos sobre el impacto de la inflación. Este logro se debe a pequeños ajustes a la tasa impositiva, aumentándola cuando ha sido necesario.</p><p>Como han señalado varios estudios, Bush miente cuando dice que el sistema no podrá cumplir con sus pagos para mediados de la próxima década. Pero hay un problema, que quizás surja en unos 35, 50 o más años, <i>si es que no hay cambios en ese tiempo.</i> </p><p>Ese problema se debe a una serie de factores relacionados con la estructura de la economía física, ninguno de los cuales corrige el plan de saqueo de Bush. En primer lugar, el cambio de paradigma posindustrial que ha llevado a la economía y al sistema financiero mundial al borde del desplome, ha creado una cantidad mucho mayor de los mentados trabajadores “independientes”, cuyos empleadores no están obligados a hacer aportes; esto ha reducido los aportes de estos empleos en 50%; además, el crecimiento de la “economía informal”, donde nadie aporta, también reduce el actual flujo de ingreso. Es más, hemos sufrido una “intervención” del fondo o fideicomiso, comenzado en los 1980, por parte de varios gobiernos de ambos partidos, que redujo el superávit disponible. Aunque existe la promesa de devolver esos fondos, no está claro el cómo ni el cuándo.</p><p>Entre tanto, el pueblo estadounidense crece más rápido que en el pasado reciente, lo cual echa por tierra algunos cálculos de la cantidad de beneficiarios que habrá en el futuro. Por otro lado, el aumento poblacional —si esa población ha de trabajar— en última instancia hará que más personas aporten al fondo, proveyendo para las jubilaciones.</p><p> <strong>La solución está en arreglar la economía</strong> </p><p>La garantía de contar con un programa del Seguro Social fuerte, reside estrictamente en expander la economía física mediante el fomento del progreso científico y tecnológico. En los últimos 30 años, lo que ha debilitado al sistema del Seguro Social ha sido el desmantelamiento de la economía física en todas las áreas decisivas, y en especial el no haber reemplazado y mejorado la infraestructura vital en los renglones de transporte, energía y agua. El desplome en estos renglones ha provocado caídas en la productividad física real, en contraste con las “bonanzas” monetarias aparentes creadas mediante recortes salariales, al mantenimiento, y a las necesarias inversiones de largo plazo.</p><p>Además del deterioro físico, por supuesto, los banqueros y sus lacayos en el gobierno han apilado una deuda enorme sobre una economía cada vez más incapaz de pagarla. Este proceso nos ha llevado al borde de la quiebra, no del sistema del Seguro Social <i>per se,</i> sino de todo el sistema financiero. Es el sistema el que está quebrado, no el Seguro Social. Y el sistema puede arreglarse.</p><p>La única solución a esta crisis es el programa de Lyndon LaRouche para efectuar una reorganización por bancarrota, seguida por la emisión de crédito respaldado por el gobierno federal dirigido a un programa a gran escala de construcción de infraestructura, para empezar a reconstruir la economía. LaRouche calcula que semejante programa creará 10 millones de empleos nuevos casi de inmediato, tanto en proyectos públicos como privados, y en las industrias que tendrán que abastecerlos de insumos.</p><p>Casi pueden oír gritar al demócrata común y corriente, y ni hablar del republicano: “¡No podemos darnos ese lujo!” Eso es porque no entiende los principios básicos de la economía física planteados por LaRouche, o siquiera las bases en las que Roosevelt sentó su programa de recuperación.</p><p>El progreso económico, al igual que el Seguro Social, depende de inversiones de largo plazo, de inversiones que sólo darán frutos en una generación o más. Así como uno no espera que un bebé “se sustente por sí mismo” o que contribuya a la sociedad en menos de unos 25 años, tampoco esperas un “reembolso” inmediato por una inversión en una planta de electricidad, una represa o una planta de tratamiento de aguas. A la larga la sociedad recogerá los frutos de esta infraestructura, pero pueden hacerlo sus hijos o incluso sus nietos, no ustedes. De ahí lo apropiado y necesario del crédito respaldado por el gobierno, que a la larga puede recuperarse mediante ingresos fiscales mayores.</p><p>Si bien Roosevelt no relacionó directamente su programa del Seguro Social con los de infraestructura, estaban no obstante relacionados en términos conceptuales. Roosevelt emprendió proyectos enormes, como la red de represas, plantas eléctricas y sistemas de irrigación de la Tennessee Valley Authority (Administración del Valle de Tennessee), con la comprensión de que crearían ingresos y prosperidad en el futuro. Esa mayor prosperidad le permitiría a los EU, entre otras cosas, hacerse cargo de aquellos miembros de la sociedad que no pudieran sostenerse por sí mismos, como los ancianos, los enfermos y los desempleados.</p><p>Hoy el gobierno puede emitir crédito del mismo modo, para emprender tales proyectos. Como con la NASA, cuya inversión en el programa Apollo se calcula le retribuyó a la economía estadounidense en una proporción de 14 dólares por uno, donde las prestaciones laborales en trabajos con un sueldo decente, y la eficiencia física de la economía —mediante mejoras tales como trenes rápidos que reemplacen los embotellamientos de tráfico, o electricidad confiable en vez de apagones— retribuirán por mucho las inversiones requeridas para lograrlas.</p><p>Por supuesto, este programa no puede llevarse a cabo a menos que haya una reorganización del sistema financiero actual en quiebra, congelando montones de deuda especulativa, y poniendo en vigor nuevas disposiciones que asegurarán que el nuevo crédito vaya a ciertos proyectos específicos, que se mantenga a una tasa de interés realmente baja (de entre el 2% y el 4%), y que no lo absorba el sistema financiero especulativo que ahora desangra la riqueza nacional.</p><p>El programa de recuperación de LaRouche insta precisamente a instaurar dichas medidas, al tiempo que insiste en cumplir con los compromisos vigentes como el Seguro Social y Medicare. Asimismo, exhorta a las naciones a negociaciar para restaurar el proteccionismo y los tipos de cambio, y a crear las condiciones necesarias para establecer nuevos acuerdos de cooperación económica internacional estables y mutuamente beneficiosos.</p><p>Para salvar al Seguro Social, ¡reconstruyamos la economía! ¡Ahora!</p><p> </p></div></div></div></body>