LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA - LA SITUACIÓN ACTUAL

31 de marzo de 2005
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LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA

• INTRODUCCIÓN

La situación actual•••

LA SITUACIÓN ACTUAL

Sólo hay una manera de que los miembros de cualquier concierto seleccionado de culturas nacionales puedan, cada uno, evaluar de manera competente su propio juicio respecto a la clase de futuro que depararía la selección de impulsos que ahora propone dicho concierto. Esa obligación sería la de darle seguimiento y evaluar la serie de aquellos cambios cualitativos en el mundo entero, por los que el conjunto de impulsos de ese concierto en realidad tendería a fomentar las nuevas formas de conflictos mortíferos que se supone queremos evitar. La pregunta así planteada es: con esa consideración en mente, ¿cómo debemos evaluar y, por ende, enmendar cualquier concierto de opinión propuesto?

La tarea que esa pregunta implica sería, por ejemplo, visualizar el resultado físico que puede esperarse en un período de prueba estimado de no menos de dos generaciones al futuro; del nacimiento del niño hoy, al nacimiento del nieto de ese niño. En las circunstancias actuales, sería probable que cualquier acuerdo ecuménico que intente hacerse entre naciones, que las instituciones existentes probablemente escogerían de primeras, tendería a incluir elementos que llevarían a un resultado que los descendientes de hoy tendrían buena razón de maldecir dos o más generaciones después.

Esa clase de resultado irónico ha sido, por ejemplo, la historia del intento por formar una Liga de Naciones, que se desprestigió plenamente ella misma en menos de una generación, y aun contribuyó mucho a originar la Segunda Guerra Mundial. Ha de verse un resultado similar en la labor de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que ha sido mucho más útil que la de la Liga de Naciones, y aun indispensable en algunos momentos, pero que en la actualidad, unas dos generaciones después de su creación, ha fracasado —como el caso de Iraq lo demuestra hoy— terriblemente en sus supuestos objetivos categóricos primarios de hace casi 60 años.

Como ejemplo del desempeño decepcionante de la ONU, tomemos el de la decisión de entre mediados y fines de los 1960 de la élite angloamericana y de otros, de precipitarse a un futuro “posindustrial” utópico. Esa decisión, a favor de lo que fue propuesto como el “ecumenismo ecológico” desarrollado en el intervalo de 1964–1981, ha sido la causa principal, el paradigma cultural clave usado para originar, ahora de manera más inmediata, la ruina que hoy amenaza tanto a la economía estadounidense como a la europea, y que éstas se infligieron a sí mismas. En este momento, los efectos de esta decisión, cual reacción en cadena, ahora amenazan por cuenta propia con llevar al planeta entero a una nueva Era de Tinieblas.

Debe ser obvio que ese impulso contracultural representa también una amenaza mortal contra cualquier esfuerzo por definir un “diálogo de culturas”, al ahogarlo en lo que actualmente amenaza con convertirse en sus propias contradicciones autoinfligidas. Sin embargo, ése es sólo un aspecto ejemplar de los obstáculos mayores al éxito, que ya existen en los actuales intentos de efectuar diálogos de culturas. En lo principal, los obstáculos generales son de dos clases.

Primero, en general el error que aportan a las discusiones casi todos, al menos, de entre las variedades pertinentes de utópistas que participan en tales intentos, ha sido, de entrada, que su supuesto característico fue que la selección del mejor acuerdo sería una suerte de minestrón, fruto de combinar un conjunto ecléctico de formas “democráticas” de propuestas de cada uno. Sería un acuerdo que pretenda provocar un mínimo de objeciones, relativamente, de los supuestos culturales y relacionados preexistentes de los demás.

Por esa inclinación a la sofistería que a veces llaman “democracia”,las cuestiones funcionales decisivas, la de la cualidad funcional de falta de capacidad de algunos impulsos culturales acostumbrados de las naciones individuales, y así por el estilo, en realidad no fue cuestionado de ningún modo científico eficiente. De seguir así las cosas, esto tendería a convertirse en la creación de un pacto acordado por la suerte de abogados en competencia que no parten de ningún principio funcional común de lo que definiré, en lo que sigue, con mi selección de razonamiento, como ley natural. En un diálogo de culturas así ordenado, entre más va resolviéndose en apariencia el conflicto sobre la base de un acuerdo, más reaparece en nuevas formas en la práctica. Hoy el error común es tratar de juzgar la ciencia desde la perspectiva de la tradición per se, en vez de tomarse el trabajo urgente de juzgar la tradición, y de separar lo bueno de los males que contiene, separándolos desde la óptica de una ciencia competente.

El más mortífero de los engaños perpetrados por un enfoque despistado de un diálogo de culturas, es la noción de que hay que contraponer de manera categórica la religión a la ciencia. Ese error mortal en cuanto a supuestos, respecto a los dizque conflictos (que, peor aun, tienen amplia credibilidad) entre la religión y la ciencia, los abordan y corrigen, como un asunto de acento especial, las secciones apropiadas de este informe.

Sin embargo, dejando de lado las fuentes de mera confusión, el elemento de maldad pura albergada, si bien de manera inconciente, en estas referidas variedades de fomento intrínsecamente errónea de la llamada “democracia”, lo ejemplifica la depravación característica del irracionalismo existencialista del Congreso a Favor de la Libertad Cultural (CFLC), del partidario de los nazis Allen Dulles.El existencialismo de la llamada “Escuela de Fráncfort” del filósofo nazi Martin Heidegger y sus amigos judíos ahí, Hannah Arendt, Theodore Adorno, etc.—quienes, junto con sus compañeros existencialistas, y sus aliados entre la Fundación Americana de la Familia y sus asociados, combinaron esfuerzos para justificar el fascismo de los notorios compinches nazis de la “línea de ratas” y demás, de Dulles y compañía, ¡so pretexto de profesar combatir los males culturales del comunismo!—, es sólo típico de la cualidad pro fascista de ese Congreso a Favor de la Libertad Cultural.

Así, el esfuerzo devino en un intento por hacer acomodos entre grupos culturales, cada uno de los cuales asumió que un núcleo de sus actuales deseos definidos en términos culturales era considerado como algo manifiestamente correcto. Los que fueron embaucados de esa manera a adaptarse al irracionalismo característico del congreso, asumieron sus respectivas nociones incompatibles de “lo correcto” porque, en cada caso, ellos lo presentaron como algo que existía a priori. Los peores de los filósofos existencialistas fascistas, como Leo Strauss, el otrora protegido del jurista de la Corona de los nazis, Carl Schmitt, y los seguidores de Strauss en el Gobierno de George W. Bush hoy, adoptaron la bestialidad filosófica del personaje Trasímaco, combinado de la vida real y la literaria, de que el poder para gobernar de forma arbitraria es la cualidad legítima de derecho que deben asumir regímenes tiránicos usurpadores como el de Hitler o el del presidente George W. Bush.

Segundo, debemos preguntar si la cuestión sobre si el resultado propuesto funcionaría en realidad o no, habría quedado excluida de forma axiomática de toda consideración seria. Este error quedó excluido de toda consideración más o menos sobre la base del respeto mutuo de las sensibilidades axiomáticas mutua e inherentemente incoherentes del otro. Fue excluida, por tanto, sobre la base de que tal consideración significaría juzgar “desde fuera” los sistemas pertinentes de valores de cada uno o por lo menos de algunos de entre las facciones partícipes. El peor aspecto de tales intentos fue la propuesta de que la incoherencia intrínseca de los principios atribuidos a los respectivos sistemas de valores culturales, como el conflicto arbitrario dizque inherente a la comparación de los valores espirituales europeos y asiáticos, ¡debe tratarse como un principio positivo!

La consecuencia de tales búsquedas de acuerdos más o menos faltos de principios para discrepar en cuanto a principio, es el resultado de evitar el hecho decisivo de que, si algo es de verdad un principio, debe ser un principio en el mismo sentido en que asociamos la palabra “principio” con las leyes físicas de nuestro universo.

En otras palabras, debemos entender “principio” de la manera en que la tradición clásica de Platón y de la ciencia moderna de Cusa, Johannes Kepler, Godofredo Leibniz, Carl Friedrich Gauss y Bernhard Riemann definen el método científico: la manera en que el principio experimental de Vladimir I. Vernadsky de la noosfera define una ciencia apropiada para lo que debe ser una nueva cultura eurasiática. Evadir un verdadero principio, o imponer uno que sea falso como el de los genocidas y olímpicos “cultos a la ecología”de las cuatro décadas recientes, incurre en castigos eficientes para toda la humanidad, como lo han demostrado los resultados apocalípticos de cuarenta años, a la fecha, de la influencia y práctica de tales creencias descarriadas. La Primera y la Segunda Guerras Mundiales son ilustraciones útiles de las consecuencias previsibles por desatender ese nexo.

El resultado de recurrir a la clase de supuestos defectuosos sentimentales a priori contra los que acabo de advertir aquí, ha sido, como en el caso de la Liga de Naciones o la ONU, un impulso despistado que procura evitar las guerras mundiales del pasado y opresiones previas afines, prefiriendo de hecho, adrede o no, fijar las reglas del juego acordadas que, en el mejor de los casos, serán contrarias a las intenciones fijadas implícitas en ciertos conflictos previos, pero que en realidad no harían más que brindar un nuevo conjunto de reglas bajo el cual, a propósito o no, las naciones acordarían tomar un nuevo rumbo hacia la siguiente forma nueva de conflicto mundial brutal. Ese resultado vino, y con presteza, al término de las dos llamadas “guerras mundiales” del siglo 20. Ése sería el resultado ahora.

Así, la carrera de 1922–1939 hacia la Segunda Guerra Mundial fue el fruto de un ardid fascista de la oligarquía financiera sinarquista internacional,un ardid basado en el nuevo conjunto de reglas liberales angloholandesas del juego financiero, reglas que un concierto de las potencias pertinentes sentaron en los acuerdos del Tratado de Versalles. No fueron fanáticos derechistas, como Mussolini y Hitler, quienes provocaron esa guerra. Fueron aquellos que crearon y usaron a estos dos fanáticos y a otros de su estirpe como los instrumentos fabricados para, con su ayuda, crear la guerra que todos los que en realidad conocían la realidad de las medidas, sabían que los oligarcas financieros de la internacional sinarquista, los arquitectos de los acuerdos de Versalles, pretendían que ocurriera.

Después de Versalles, La conspiración abierta y la película La vida futura del fanático utopista H.G. Wells sirvieron de guión para el ensayo general ideológico utopista a la precipitación en la Segunda Guerra Mundial, y también, más allá de eso, en una nueva Era de Tinieblas planetaria, que ahora amenaza con seguir en lo inmediato a la actual guerra angloamericana contra Iraq. La primera consecuencia será esta edad oscura, a menos que los supuestos “neoconservadores” cuasiwellsianos representados por el actual par de Gobiernos británico y estadounidense sean remplazados pronto.En estos momentos, a menos que esos cambios se hagan ahora, ya es prácticamente inevitable una nueva guerra mundial y su culminación en un nueva Era de Tinieblas planetaria, como hubieras podido decir con las palabras “Adolfo Hitler” allá por mediados de los 1930; no importa con cuánta intensidad pueda negarse el hecho de esa conexión tan eficiente entre los tontos románticos de hoy.

Esta pauta de paradojas no ha sido nueva a los tiempos modernos. Toda gran tragedia en la historia de la civilización europea extendida al orbe ilustra el mismo principio, tal como la caída de Atenas en el transcurso de su guerra del Peloponeso, o el sufrimiento de la Europa continental moderna desde los preparativos de las que vinieron a conocerse como las dos “guerras mundiales” del siglo pasado con Eduardo VII de Gran Bretaña.El amplio espectro del registro histórico de las culturas asiáticas es peor en este respecto, que en el caso de Europa. A primera vista a muchos Europa les parece peor, sólo porque la cultura europea moderna ha representado un instrumento mucho más poderoso, per cápita, que la cultura asiática, al menos hasta la fecha. Ahora, con los arsenales nucleares que, de forma irreversible, están en manos de potencias asiáticas, y propagándose a otras, y con la guerra asimétrica mundial desencadenada ahora con mayor plenitud, tenemos a la vista, no guerras entre civilizaciones, sino, del modo que vemos en las políticas del Gobierno estadounidense de Bush en acción en Iraq hoy día, una guerra común contra la existencia continua de la propia civilización, una guerra global entre las parejas del baile, como en la que ahora están embarcados los ya danzantes gobiernos de Bush y Blair. Hace tiempo que llegó la hora de hablar de ello, en vez de degradarnos a pretender creer en las actuales generalidades diplomáticas convencionales

Los que no entienden de historia se lavan las manos de su propia complicidad culpando a un puñado de individuos prominentes, más que nada a aquellos que, de hecho, de un modo oportunista, se han adaptado demasiado bien a una cultura hoy popular; estos pretextos pasan por alto el hecho de que el origen de todas estas catástrofes era la cultura, y no sólo la de los dirigentes, sino, mucho más importante que eso, la de la propia gente. Fue la propia gente la que por lo general, de un modo u otro, eligió a esa calidad de liderato a sus instituciones principales, una elección hecha o a regañadientes en favor de cualquier alternativa propuesta pertinente o, lo que es peor, ausente un liderato que hubiera sido una alternativa real calificada disponible.

A saber, fueron las intervenciones combinadas, en particular de Bal Gangadhar Tilak y el Mahatma Gandhi, las que mostraron el camino para que que India se liberase de la tiranía extranjera. Esa experiencia demuestra de nuevo, de un modo excelente, el poder de una cultura para derrocar a un régimen que contraviene a los gobernados; esa experiencia, y la costumbre contraria de los subalternos para darle credibilidad a la tiranía, como en Alemania tras el incendio del Reichstag (Parlamento) a manos de Hermann Göring, y en los EUA después del 11 de septiembre de 2001, es una característica de principio del dualismo crucial de la historia conocida hasta ahora. Sin embargo, la verdad más fea del asunto es que la experiencia más común es que los regímenes perversos, como el dominio de los césares romanos, son una expresión de la cultura de la gente misma, del modo en que Shakespeare dramatiza eso con tanta elegancia en pasajes tales como las escenas iniciales de su Julio César y su Hamlet. En ambos casos, el genio perspicaz de Shakespeare exhibe ante el público la maldad de la cultura en la forma del tirano o simplemente del necio manchado de sangre, producto de esa maldad en la gente. Así como Shakespeare pone de tal manera en escena a los personajes de Julio César y Hamlet, de ese modo la propia cultura de un pueblo seguido engendra a los tiranos que vienen a gobernarlo.

Así que, los hombres y mujeres no piensan con claridad, los hombres y mujeres que, como los oportunistas estilo Hamlet que son, prefieren seguir a algo escogido de dentro de los confines de lo que es la opinión popular ahora aceptable, en vez de considerar las consecuencias reales que el presente le impone a ese futuro “de cuyos confines”, se creía, “ningún viajero retorna”. De ahí que fuera la creencia —de una popularidad cobarde en lo espiritual e intelectual— arraigada en lo profundo de la cultura misma, lo que ha representado el origen de los desastres que esa cultura ha sufrido. De esta manera, las sociedades a menudo crean ardides utópicos, como ahora, cuyas consecuencias que acechan están destinadas a ser, por error o de otro modo, las que las generaciones futuras están condenadas a padecer.


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El ejemplo clásico de la ecuación de “democracia” con “sofismo”, es el de ese supuesto partido democrático de Atenas que perpetró el asesinato judicial de Sócrates, un asesinato cometido a nombre de la defensa de las creencias religiosas “fundamentalistas” de ese tiempo y lugar.

Ver The Children of Satan.

El satanismo abierto de la tradición brechtiana de irracionalismo existencialista de la Escuela de Fráncfort, se extendió al Congreso a Favor de la Libertad Cultural de Allen Dulles mediante las directrices que divulgaron Theodor Adorno y compañía en The Authoritarian Personality (La personalidad autoritaria. Nueva York: Harper, 1950).

Una evaluación de la secuela de 1989 demostraría con facilidad que se hizo un daño moral y material más grave, extenso y duradero a la cultura de la actual civilización mundial postsoviética con el intento de legitimar el existencialismo a través de las redes del Congreso a Favor de la Libertad Cultural (CFLC), del que de un modo plausible pudiera imputársele al marxismo soviético. De hecho, los peores aspectos de la influencia cultural bajo el comunismo fueron esas ideologías, como las de los otrora marxistas declarados del CFLC que tuvieron una función destacada, en tanto zanjadores intelectuales, en diseñar las campañas propagandísticas del CFLC. Lo peor de los marxistas filosóficos siguió el dogma del británico Engels, de la “objetividad” del simio, al negar la existencia de la cognición; los existencialistas del CFLC, como los aborrecedores sistemáticos de la verdad Adorno y Arendt, no pasaron por alto la cognición, la violaron en pandilla hasta matarla.

Relativamente pocos ciudadanos de los EU, entre aquellos que no son locos de remate miembros de sectas religiosas lunáticas en las tradiciones de Jonathan Edwards, los agraristas de Nashville o Torquemada, gustan en realidad de la persona del presidente George W. Bush hijo; pero, desde lo del 11–S y la ley Patriota, muchos enclenques morales aterrados y cobardemente agachados tienen un pavor fervoroso a no ser vistos adorándolo, como esos alemanes que despreciaban a Hitler, pero que cedieron a su bando luego de los acontecimientos particularmente más aterradores de 1933–1934. Éste es el principio de Trasímaco, a quien le rinden culto Leo Strauss y sus seguidores neoconservadores; precisamente el principio de maldad que atacó La República de Platón.

Ver Prometeo encadenado, de Esquilo. “Olímpico” se refiere a la proscripción del conocimiento de los principios físicos universales que el brutal Zeus, de la trilogía de Esquilo sobre Prometeo, le impuso al hombre.

Aunque las políticas económico–monetarias asociadas con el ejercicio continuo de la doctrina de la Comisión Trilateral de los 1970, de la “desintegración controlada de la economía”, constituyen el cambio fundamental en la política monetario–financiera que ha creado la depresión mundial que ahora nos embiste, fue la destrucción sistémica —por la influencia de las sectas ecologistas— de la política de formación de capital en base a los principios motores del progreso científico y tecnológico de la economía, la que le dio a la actual crisis monetario–financiera mundial los atributos de una crisis de desintegración general inminente de todo el sistema mundial. Es claro que la naturaleza ha demostrado de forma sonora y brutal que no tolerará con benevolencia a las sectas ecologistas.

Sobre el sinarquismo, ver The Children of Satan, en varias partes.

Ver la referencia a la secretaria de Estado Madeleine Albright para comprender las guerras de los Balcanes que empezaron después de la “Tormenta del Desierto”.

Contrario a los cuentos de hadas de la diplomacia populares aún hoy, tras la derrota que la victoria de los EU sobre la Confederación le infligió a los intereses de lord Palmerston, era evidente que los EUA continentales habían desarrollado una dinámica que volvió temerario que el Imperio Británico recurriera a un nuevo ataque directo o sustituto contra esa república. De ahí que desarrollaron nuevas estrategias imperiales británicas, de formas que son típicas del surgimiento gradual de esa forma de imperialismo liberal de la Sociedad Fabiana hoy escondido en el Gobierno de Tony Blair. El “señor de las islas”, más tarde Eduardo VII, a quien Palmerston adiestrara, regresó a los orígenes del poder imperial británico, su orquestación de la guerra de los Siete Años que llevó al triunfo imperial británico del 10 de febrero de 1763. El resultado, que fue el regalo de Eduardo VII a sus herederos, se conoció como la Primera Guerra Mundial, la que luego rediseñaron para convertirlo en la Segunda Guerra Mundial, y luego en la aí llamada “Guerra Fría” de 1946–1989.

“La culpa, querido Bruto, no reside en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos, que somos subalternos”. Quien no entienda esto, del modo que Shakespeare pretendía, aún no ha entendido nada fundamental de la política, la historia o la naturaleza espiritual del hombre.

Ver Hamlet, el soliloquio de Hamlet del tercer acto.