LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA - VERNADSKY Y LA ECONOMÍA FÍSICA

31 de marzo de 2005
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LOS PRÓXIMOS CINCUENTA AÑOS DE LA TIERRA

2. VERNADSKY Y LA ECONOMÍA FÍSICA

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Yo no he propuesto que acabemos con la existencia del dinero, ni es mi intención hacerlo; pero, como he dicho una y otra vez, el dinero es un idiota que no tiene idea de qué hacer consigo mismo, y que, si se le deja en libertad de obrar, ha mostrado una peligrosa tendencia a meterse donde no debe y a hacer lo que no debe. Lo que propongo es —como prescribía en un principio la Constitución de los EU— quitarle a todas las fuentes salvo al propio gobierno, el poder de “crear” (de poner a circular ) dinero, y más bien, hacer que el gobierno responda por la forma en que se regule la emisión y la circulación del dinero en la sociedad. Esto significa regresar a lo que era conocido como el Sistema Americano de economía política, como lo indicó el primer secretario del Tesoro de los EU, y el más estrecho colaborador del presidente George Washington a la sazón, ese Alexander Hamilton que también era un aliado y copensador del antepasado del presidente Franklin Roosevelt, Isaac Roosevelt.

Ahora ha llegado el momento cuando el sistema monetario–financiero mundial no sólo esta en quiebra, sino de forma irremediable. En y de por sí eso no motiva la más grave preocupación entre aquellos que en realidad entienden cómo funciona el mundo moderno o, al menos, como podría funcionar aun en esas condiciones de bancarrota general. Lo que debía causar seria preocupación sería ese dirigente que en esencia sabe lo que es necesario hacer, y que piensa, “si lo que yo propongo que sea esta medida no se toma, el resultado de no tomar esa medida sería catastrófico para el planeta como un todo”, pero entonces niega ese pensamiento casi tan pronto surge en su mente, como Hamlet hizo en el soliloquio del tercer acto.

Un concierto de gobiernos responsables, si actúa mientras la medida que propongo todavía exista como opción disponible para ese propósito, simplemente sometería al sistema monetario–financiero del mundo entero, conocido de otra forma como el sistema del FMI, a una intervención de los gobiernos, y establecería un nuevo sistema monetario–financiero acorde, en lo principal, a los lineamientos del precedente del sistema original de Bretton Woods de 1944, por ahora. Estos gobiernos, si son prudentes, conducirían a las quebradas instituciones de la banca central y afines de un modo oportuno a someterse a la tutela de los gobiernos pertinentes. La política adoptada sería la de crear un sistema crediticio y monetario estatal, diseñado de modo eficaz para evitar que cualquier crisis monetario–financiera provoque una crisis de desintegración general de la economía física de las naciones, o que cause una desintegración de los mecanismos esenciales para el comercio mundial de bienes tangibles.

Existen numerosas razones especiales —en otras palabras, influencias inminentes— del porqué la actual crisis monetario–financiera mundial ha descendido sobre nosotros de la forma y en el intervalo de tiempo en que ha ocurrido. Sin embargo, las causas y las curas con frecuencia son asimétricas, como ahora. La razón más profunda de esta crisis es la opción del sistema de valores bajo el cual el sistema monetario–financiero mundial ha venido operando por unas cuatro décadas. Éste ha sido un sistema de valores que ha impulsado a gobiernos y a otras instituciones pertinentes a emplear las varas de medir equivocadas, las fórmulas gerenciales erróneas, para determinar el modo como, de hecho, ha sido administrada la economía. Los gobiernos han tendido a responder a los informes estadísticos, con frecuencia aun los maquinados por anhelo, que dan indicios de que, o no son pertinentes, o hasta apuntan directamente contra los desarrollos y condiciones que en realidad son necesarios.

Por ejemplo, tenemos el caso, como ahora en los EU, de informar sobre una “mejoría” en la economía estadounidense, en momentos en que en realidad ha ocurrido un nuevo incremento en el desplome físico general de la economía física, como si fuera por una interpretación optimista hasta la sandez de los datos monetario–financieros que, de hecho, reflejan un aumento de la deuda impagable como una mejoría en los fondos disponibles. O al encoger la economía nacional, a través de eliminar el margen de producción del cual depende un balance de cuentas estable en una economía nacional que ya está funcionando por debajo de los niveles de equilibrio. Esto último podría hacerse por lo que se celebra como una supuesta “medida económica” para mejorar las futuras cuentas nacionales, pero no la economía real.

Por tanto, sería tonto tratar de componer la economía empleando métodos cuya supuesta intención sería la de regresar la economía a un funcionamiento saludable, cuando esos mismos métodos son el diseño con el cual la economía no ha funcionado con éxito bajo esas políticas por tanto tiempo como las décadas recientes. Con frecuencia ese sistema putativamente “tradicional”, ese conjunto de medidas que los gobiernos tontos y otros declaran que pretenden mejorar, es el sistema de normas políticas cuya continuación ahora, en cualquier forma, aseguraría un desplome general temprano. En esta situación, la única solución práctica requeriría que nosotros descartáramos ese diseño y adoptáramos una nueva alternativa de sistema de valores para guiar el funcionamiento de la economía. Hoy el sistema nuevo necesario no sería uno basado en los precedentes de las décadas recientes, sino más bien, y en gran medida, un retorno al conjunto de medidas aun más antiguas de las políticas exitosas que regían en Europa Occidental continental, Japón y los EUA bajo el sistema de Bretton Woods original, hasta hace unos cuarenta años más o menos.
Ya que las economías de los EU y el mundo funcionaron bastante bien bajo el sistema de Bretton Woods instituido por dirección del presidente Franklin Roosevelt en 1944, y han funcionado mal desde que ese sistema fue socavado y luego desechado en el intervalo de 1964 a 1982, un Gobierno de los EU en funciones cuerdo, por ejemplo, restablecería casi todas esas medidas proteccionistas y de regulación que han desaparecido en la práctica de los EU en el reciente período de más o menos cuatro décadas. El darle marcha atrás de súbito a las formas pertinentes de pensar sobre esa política que ha dominado la legislación y los acuerdos relacionados a partir de 1971, sería un cambio que ahora se motivaría presentándole a esos legisladores y a otros que les incumbe y que todavía necesitan ser convencidos, una visión clara del horror que la nación acarrearía sobre sí misma —gracias a su tozudez— si ellos logran resistir estas reformas tan urgentemente necesarias.

Éstas son las medidas necesarias como mínimo. Ese cambio a una orientación a favor de la de Franklin Roosevelt sería bueno, un buen principio; pero no sería adecuado por sí solo. La condición física del mundo no ha permanecido constante en las recientes cuatro décadas. Nuestro mundo ha experimentado cambios decisivos a lo largo del reciente medio siglo, más que nada cambios para lo peor. Aunque el diseño de hace más de cuarenta años era bueno, no sería adecuado para enfrentar el desafío que nos presenta de inmediato el mundo cambiado de hoy. Por esta razón tenemos que proceder en direcciones que requieren que repensemos nuestras nociones de lo que es una economía mundial y nacional de una forma más avanzada de lo que era necesario en tiempos previos; ahora tenemos que pensar de formas que correspondan con las implicaciones de Vernadsky sobre una noosfera.

Algunos podrían alegar que debiéramos introducir lo que podría ser el sistema correcto desde el principio, en vez de revivir precedentes de un período exitoso anterior. Lo que hay que decir sobre esta cuestión, es que debemos usar el retorno a un método pertinente, probado, exitoso, alternativo de la experiencia previa, tal como el sistema de Bretton Woods original, como un método que nunca debió abandonarse; pero entonces, con relativa calma, y con mucho cuidado para el futuro a largo plazo, desarrollar un bien diseñado sistema de regulación futura para ponerlo en práctica después.

La norma debe ser, por razones políticas y de otra índole, actuar al principio en base a la mejor alternativa de los conjuntos de precedentes de regulación de un período pertinente anterior de recuperación económica exitoso, pero entonces, entrar con calma en un sistema comprensible del conjunto coherente de principios que deben darle forma a la evolución a largo plazo de las regulaciones por dos o más generaciones venideras.

Como ilustran el asunto las implicaciones de la importancia actual de usar el concepto de Vernadsky de la noosfera para efectos de manejar a nivel global los requerimientos de materia prima, al diseñar el sistema más o menos permanente de regulación económica para el futuro, tenemos que reconocer que estamos entrando al futuro, a un territorio más bien poco explorado de la práctica económica de largo plazo. Las decisiones que hay que tomar, y algunas de ellas implican comprometer enormes cantidades de valor por décadas, afectarán a sistemas enteros de la formación de capital real por décadas por venir. Para el momento a mano, la misión debe ser “manos a la obra”, entendiendo que los compromisos de capital a más largo plazo deben desarrollarse con esa cierta minuciosidad que requiere el tomar en cuenta las implicaciones de un error importante. De allí que la expectativa debe ser que tomaremos los pasos preliminares hacia la reconstrucción, a través de adoptar un conjunto inmediato de reformas de transición antes probadas en este sentido, con miras a integrar esas reformas de transición presente en un sistema más permanente, más de largo plazo, en algún momento en el futuro previsible.

Siempre y cuando adoptemos esa perspectiva que acabo de señalar, ciertas medidas de corto plazo congruentes con los conceptos hamiltonianos del Sistema Americano de economía política del presidente Franklin Roosevelt pueden considerarse como un conjunto adecuado de medidas de corto y mediano plazo para manejar la transición del desastre infernal que constituye el sistema mundial en este momento, a lograr la plataforma desde la cual deben lanzarse las reformas más fundamentales de largo plazo. Ésta debe de ser la perspectiva económica pertinente de un diálogo de culturas.

No debemos seguir permitiendo que los propagandistas hostiles, con su malicia acostumbrada, continúen tergiversando estas medidas de retorno a la matriz de Bretton Woods en el corto y mediano plazo, como de “Estado policíaco” o dictatoriales, como han hecho los fanáticos derechistas del pasado y el presente al mentir sobre el Gobierno del presidente Franklin Roosevelt, o contra Abraham Lincoln antes. Un gobierno que actúa a favor del bienestar general y que, por tanto, adopta el compromiso de proteger a la mayoría de su población en tiempos de verdadera crisis, es una forma de gobierno popular, como atestiguan la elección del presidente Franklin Roosevelt en 1932 y el fracaso miserable del presidente Hoover.Roosevelt salvó la democracia política en los EUA, mientras que todos los gobiernos de Europa continental que se opusieron a adoptar el ejemplo de Roosevelt la perdieron, tarde o temprano.

Esto tiene implicaciones culturales importantes para el corto plazo, implicaciones que ahora tenemos que tomar en cuenta. Éstas incluyen algunas que pasmarían a un cuerpo pertinente de la en gran parte malinformada opinión pública asiática actual.
Aquellos de nosotros que le hemos prestado suficiente atención a los puntos de comparación pertinentes de la historia actual y pasada, sabemos que, bajo condiciones similares de crisis, nada engendra la proliferación de un revoltillo de gobiernos tiránicos alternándose con la anarquía y el terror, más rápido que un pueblo aterrado y estúpido lleno de formas populistas de ignorancia y de ideologías parroquiales intolerantes, gente como nuestra presente cosecha de fanáticos religiosos lunáticos en los EUA hoy día.

Cuando los gobiernos se ven impedidos de emprender las reformas necesarias en condiciones de crisis existencial para las naciones, una u otra forma de tiranía, incluyendo la del caos, como en el caso reciente de Albania, fuere posible. Un gobierno, como el del presidente George W. Bush hijo, que sólo compite por el voto a través de mentiras, corrupción rayana, y timos como el robo y saqueo del sistema del Seguro Social de los EU, o cualquier dirigente que actúa de manera dramática, aun por una buena causa, sin tratar de sostener un diálogo racional y extenso pertinente con su población, como yo he tratado de hacerlo de modo repetido por décadas, no está comportándose con inteligencia. Una buena dirigencia es una que gobierna, o trata de gobernar, a través de un diálogo eficaz con el pueblo, aun a pesar de su obstinada y tozuda resistencia, en vez de hacerlo a través de las simplistas encuestas dizque “democráticas” de popularidad, de una intelectualidad superficial, que hacen las veces del tirano con su demagogia barata, como lo hizo el notorio partido democrático (los sofistas) que perpetró el asesinato judicial de Sócrates.

Necesitamos un gobierno que gane apoyo popular, aun para reformas extensas y súbitas, por medio de esos métodos de los diálogos socráticos constructivos que fueron empleados para ganar apoyo popular para la Constitución federal original de los EU. Ese método de gobernar, en especial en tiempos de crisis percibidas, será la base de un gobierno popular.De otro modo, ausente el diálogo socrático como el método de gobernar con amplio apoyo popular, el gobernar en tiempos de crisis viene a ser un peligroso choque de voluntades, en vez de un modo racional de proceso deliberativo, y en general puede esperarse el peor de los resultados de ello.

Así que, cuando las políticas brutales asociadas con el Gobierno de Brüning en Alemania siguieron en pie, el régimen de Hitler era casi inevitable. No sólo debe haber un diálogo con la población en un mero sentido formal; sino que el gobierno debe emplear el diálogo para desarrollar y adoptar las políticas correctas a través de la participación de la población en un verdadero diálogo, un diálogo sobre esas cuestiones que son del interés del bienestar de la nación entera a largo plazo, no sólo sobre esas políticas que gozan de una variedad sofista de apoyo “democrático” momentáneo de los partidos y facciones existentes.

Si tales reformas como las que acabo de indicar no fueren adoptadas a tiempo, cualquier esfuerzo por conservar el presente sistema del FMI y por defender también la institución de bancos centrales independientes, causaría la implosión de la economía física mundial y, es probable, un descenso rápido del mundo en su conjunto a una nueva Era de Tinieblas prolongada. Esto incluiría el desplome de naciones tales como China e India, y eso por razones que los gobiernos de esas naciones tal vez no estén listos todavía para tratar de entender al presente. Por tanto, es necesario un diálogo pertinente preparatorio sobre este tema, sin el cual un diálogo de culturas como tal no sería exitoso.

Por tanto, si el mundo habrá de sobrevivir esta crisis de desintegración monetario–financiera que al presente embiste, será porque las reformas del tipo que acabo de indicar arriba de hecho se lleven a cabo, y eso a tiempo. Si eso no sucede, entonces tendremos que quitar del tapete el asunto de un diálogo de culturas exitoso, tal vez por dos o más generaciones por venir. Si no ampliamos el diálogo para poner todo lo que ataña al resultado, incluyendo los prejuicios sagrados de este o aquel grupo, sobre la mesa, por así decirlo, la presente civilización no saldrá viva de la presente crisis.

Si la alternativa más feliz ocurre como he indicado, entonces, más allá de eso, tendrán que ocurrir, y más bien rápido, algunas reformas en extremo interesantes en la forma en que el mundo piensa sobre la economía. En ese caso, un mundo racional adoptaría la definición de la noosfera de Vladimir I. Vernadsky como la piedra angular para definir las doctrinas físico–económicas de administrar y desarrollar todas las economías modernas. Para efectuar las conexiones necesarias que combinen las contribuciones de Vernadsky con los rasgos estructurales de la economía política moderna, mis propias contribuciones a la fundación de una ciencia contemporánea de la economía física serían indispensables.

Ese resultado conmocionaría a muchos, una conmoción expresada por el modo en el cual el manojo de informes presupuestarios y otros informes financieros que pudieran tener, caen de repente de sus manos temblorosas al suelo, como si nunca más vayan a levantarse. Quedan boquiabiertos, con la mirada vidriosa. ¡En verdad ésta es una revolución! Ah, pero es una muy buena, y debió haber ocurrido hace tiempo.

Por tanto, empecemos esta fase de la discusión con los aspectos básicos que representa la perspectiva desde la cual pueden verse, tanto los méritos del método de Franklin Roosevelt, como la transición adicional necesaria a lo que con justicia podría identificarse como una reforma de Vernadsky, de la forma como tenemos que definir una perspectiva a largo plazo de la economía futura de este planeta. Este empleo de la obra de Vernadsky probará ser de singular importancia para dar a luz la transición urgente necesaria, de una división entre las culturas de Europa y Asia, al surgimiento de una verdadera cultura eurasiática necesaria en la actualidad.

El diálogo de culturas, fundado en una agenda de tales consideraciones, tiene que funcionar como un foro de referencia general para desarrollar la aceptación de ese proceso de progreso hacia la emergencia de una cultura eurasiática, un progreso compartido como un modo de diálogos y acuerdos que configuren la política entre naciones soberanas.

Dicho eso, ahora procedemos, con la ayuda de la referencia a la obra de Vernadsky, a la cuestión más básica subyacente de todas ellas: la importancia de la naturaleza especial y rara vez comprendida de la especie humana, su importancia para definir cualquier criterio competente de las economías mundiales y nacionales hoy.



La fecha de esta descripción de ese aspecto de la relación entre el Presidente y Hamilton, es diciembre de 1791, el período que coincide con la fecha del informe de Hamilton al Congreso de los EU: Sobre el asunto de las manufacturas. Como he puesto de relieve en informes anteriores, la muerte de Benjamín Franklin, junto con la Revolución Francesa orquestada por Londres, eliminaron a muchos de nuestros amigos en Europa, como el marqués de Lafayette, de sus anteriores posiciones de influencia, y en lo principal puso el gobierno de Europa en manos de los enemigos mortales de nuestra república, en particular la combinación de los enemigos de Lafayette entre los Habsburgo, Londres, y la Francia del Terror y Napoleón Bonaparte. Con algunas excepciones notables, ése fue el estado general de las relaciones de los EU con Europa, hasta la victoria del Gobierno estadounidense de Lincoln sobre la Confederación, que era un peón de Londres, y su gobierno títere de Maximiliano en México. En los 1790, lo que fue la sólida coalición de líderes estadounidenses forjados bajo la conducción de Franklin, fue cayendo en la confusión, en su mayor parte por la influencia emergente de facciones que se inclinaban ya sea por Francia o por Londres, en función de procurar nichos de influencia provechosos para los EU en Europa. Así, el confuso Gobierno del presidente John Adams, manipulado por agentes enemigos como sir John Robinson del Ministerio de Relaciones Exteriores británico, llevó a la desintegración del Partido Federalista, en tanto que Jefferson y Madison repitieron el error de Adams al conducir a la ruina a su propio partido Demócrata Republicano. En estas circunstancias emergentes de entonces, la estrecha colaboración de Hamilton con el presidente Washington fue decisiva para la supervivencia de los jóvenes Estados Unidos de esa época. Las opiniones contrarias respecto a esa parte de la historia de los EU, como el deseo temerario de creer que el presidente Andrew Jackson, quien era propiedad de la banca de Nueva York, era un defensor del pueblo, son puros cuentos de hadas fabricados para el consuelo ideológico de uno u otro de los partidos políticos y facciones posteriores.

Es cierto que el presidente Herbert Hoover no causó el crac de la bolsa de valores en 1929 que heredó de las medidas de Andrew Mellon y Calvin Coolidge, pero si logró reducir a la mitad el ingreso nacional de los EU entre octubre de 1929 y marzo de 1933. Por este logro, Hoover fue recompensado con amabilidad con su salida del cargo. Ciertamente, algunos gobiernos han adoptado compromisos legales para someterse al control de los dizque sistemas de banca central independiente. Sin embargo, si los EU toman la delantera en romper con el sistema de modo congruente con su propia Constitución, otras naciones no tendrán más alternativa en esas circunstancias, que salvar sus propios cuellos mediante la cooperación expresa con los EU.

The Federalist Papers (Los documentos federalistas), por ejemplo.